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dissabte, 11 d’abril de 2015

La caja

Esta es la historia de una caja de acero y el increíble tesoro que guardaba en su interior.

En la calle había una caja. Era una caja corriente; de acero inoxidable, tamaño más o menos grande, grisácea y apagada, y dura y resistente como el material del cual estaba hecha. Sin embargo, pese a su aspecto simple y aburrido, todo el mundo que pasaba paraban a mirarla. ¿Porque? Simplemente porque estaba ahí. Esa caja era realmente un misterio. Muchos habían intentado abrirla, pero nunca lo conseguían, la caja parecía ser verdaderamente indestructible. Eso atraía la atención de cada vez más personas, que por un lado no les gustaba que ese molesto objeto estuviera en medio de la calle dificultando el paso de las personas, pero por otro sentían una insaciable curiosidad por saber qué contenía.

Desde luego nadie podía imaginarse que dentro de esa caja vivía un ser tan hermoso como maleable. Una niña blanca como la nieve, sin un ápice de maldad en su corazón, crecía allí dentro, ajena al mundo exterior. La pequeña se encontraba siempre muy asustada. Desde dentro de la caja podía escuchar los estridentes sonidos de fuera, personas que la acechaban a cada momento y que cada día sin falta golpeaban brutalmente su escudo de acero para arrancarla de su interior. La pobre niña a veces lloraba en silencio. "¡Parad, por favor, no deis más golpes a mi caja, la aboyáis y me lastimáis a mí también!" Sus súplicas no podían ser escuchadas desde el exterior, y lo único que podía hacer ella era acurrucarse y llorar con algo de desesperación mientras sentía como su refugio iba perdiendo cada vez más su forma, pero no su resistencia, aguantando a pesar de todo a los duros golpes que se le propinaban a cada rato y que algunos alcanzaban al pobre ángel indefenso de su interior, llegando a lastimarle de veras. 
Ella lo tenía muy claro; mientras su coraza aguantara jamás saldría de ella para encontrarse cara a cara con esos bárbaros que solo conocían la violencia y las malas maneras para resolver sus problemas. Si aquella sociedad podrida llegaba a dañarla estando dentro de su caja, no se quería ni imaginar lo que podrían llegar a hacerle estando fuera de ella.

Hasta que un día todo cambió. En un instante. Un joven extranjero descubrió casualmente la caja, y como todos, sintió curiosidad y trató de abrirla. Pero a diferencia de las personas que antes lo habían intentado, él lo hizo de un modo completamente distinto. En su país, totalmente diferente al de aquella gente, había aprendido a respetar todas las cosas, animadas o inanimadas, y a tratarlas con el máximo cuidado posible, pues a diferencia de la gente local él sabía apreciar el valor de las cosas, fueran las que fueran.
Tras estar un rato examinando la caja, descubrió un pequeño candado en un costado, y con una gran destreza fue capaz de abrirlo. Empezó a levantar la tapa. Desde dentro, la niña se percató de que alguien estaba abriendo su preciado refugio, y se atemorizó. "¡No puede ser! ¡Lo han conseguido, van a descubrirme!". Empezaron a fluir lágrimas de los ojos de la pequeña. Tenía mucho miedo de lo que podría pasarle ahora. Pero cual fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que el que había abierto la caja era un joven increíblemente amable, muy diferente a todos los que hasta ahora habían intentado abrirla. Y cual fue la sorpresa de dicho joven cuando descubrió el sorprendente tesoro que se hallaba en el interior de aquella caja de acero. Las lágrimas desaparecieron del blanquísimo rostro de la niña al ver la sonrisa tan cálida y acogedora que aquel chico le dirigió, la cual hablaba por si sola; "No tengas miedo. No te voy a hacer ningún daño." Le murmuró aquel tierno gesto. La chica se lo devolvió, esbozando por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa tan hermosa como si procediera del mismo cielo. 
El joven tomó a la niña entre sus brazos y la sacó al exterior, para que todos pudieran contemplar aquella belleza, aquella obra de arte que durante tanto tiempo había permanecido escondida en aquella molesta caja que realmente por sí sola no tenía nada de particular.
La pequeña jamás hubiese imaginado encontrar, en el exterior, un mundo tan fantástico y resplandeciente, repleto de luz, y mucho menos ver que las personas que antes le tiraban piedras a su arca para que se abriera, ahora la admiraban estupefactos y empezaron, ellos también, a dedicarle tiernas y cálidas sonrisas.

Y así el secreto de la caja quedó por fin al descubierto. Y al cabo de unos días la vieja caja desapareció.

Judit Perich

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