Benvinguts al nostre espai. O millor dit, al vostre espai, perquè aquest és un espai per vosaltres, per tots els amants de la literatura.

Què us trobareu aquí? Què és, amb tot el que la xarxa ofereix a tots els nivells per tothom, el que nosaltres podem aportar de nou a dins un món tan vast com aquest, el món literari? Doncs una cosa molt senzilla: Que tots nosaltres, els autors d’aquesta web, som de casa. Parlarem de moltes coses; dels best-sellers que us agraden, dels gèneres que més us interessen, de les novetats literàries, dels grans clàssics... Posarem al vostre abast totes les nostres aportacions: articles de diferents temes, contes, novel·les i narracions, còmics i il·lustracions, perquè conegueu la nostra obra i, fins i tot, ens feu arribar la vostra perquè puguem compartir-la i conèixer-la.

Com farem tot això? Doncs mitjançant els vostres comentaris. Així podrem saber quins temes us interessen més, per orientar les nostres publicacions setmanals als vostres gustos, per parlar dels temes que realment us resultin interessants. I amb les vostres critiques als nostres escrits ens ajudareu a créixer com escriptors.

El nostre desig és, per sobre de tot, fomentar el vostre interès per la literatura, ja que només la lectura ens transporta de manera duradora a altres espais, a altres universos; la lectura, com cap altra cosa, ens ensenya l’empatia i ens culturitza, ens fa enamorar-nos, plorar, riure i viure a dins del cap d’altres persones com res més ho aconsegueix.

Per tot això, us convidem a tots vosaltres a prendre amb nosaltres un cafè a la plaça.

Us esperem.

dijous, 5 de gener de 2017

La siesta del Martes (Continuación del homónimo de Gabriel García Márquez)

dilluns, 7 de novembre de 2016

Brumario

Como el encanto de la decadencia, de lo que se está escapando de las manos como arena en un reloj, grano a grano, la vida llega al otoño y las articulaciones ya no responden igual, ni la vista aprecia los matices en la lejanía ni en la distancia corta. El cabello ya no es aquella mata espesa que fue y la piel se aja, las formas pierden firmeza y la memoria (bendita, maldita)  abandona la perspectiva y se sesga, se torna imprecisa y sin detalles, todo aquello que se llama recuerdos se difumina y cuesta más de aprehender, perdiéndose por el único hueco de la mano cuanto más aumento la presión para no seguirla perdiendo, para no sentir que se va. A cambio, la plenitud de aquellos a los que entregué cuanto soy, creciendo, siguiendo su camino en la línea perfecta de su propio momento, de su propio tiempo. Y el compañero cercano, cada vez más, contra todas las leyes de la física y de la lógica, aumentando su interés por cuanto me incumbe, los cuidados, la admiración, el apoyo, el calor. La experiencia que dolió, que melló, dejó cicatrices visibles pero bellas, de esas que te hacen parecer interesante y te distinguen de aquella jovencita hermosa, sí, hermosa, pero con poco que dar, con poco que ofrecer. La jovencita que fui, de bella figura y caótica mente, sin encontrar, sin ver hacia dónde, hasta cuándo. A cambio, esta mujer, con todo un bagaje a la espalda, con tanto por aprender todavía, con la seguridad de que nada es seguro, de que cada día puede ser el último y es como si fuera el primero. Sangre que se modera, que ve ya no sólo lo blanco y lo negro, si no todos los colores del Arco Iris, todo lo que puede aceptarse, todo lo que debe mirarse con tantas, tantas perspectivas distintas. La mujer que comprendió al fin que sus ojos ven desde una curvatura de cincuenta milímetros, y los del perro en dos colores, y los de la mosca en miles de prismas, y cuál es entonces la realidad, quien soy yo para decir que la mía y no la del perro, o la de la mosca. Casi medio siglo. Vértigo, miedo y, a la vez, la inevitable sensación de felicidad, de plenitud. Sólo una vida, pero muchos días. Muchas horas, muchos minutos. Qué haces, deja de leer. Vete a respirar.


Gemma Minguillón

dilluns, 8 d’agost de 2016

Vainilla


Odiaba el café tibio, lo políticamente correcto, las frases dichas por cortesía, los saludos a medio dar con un leve gesto de cabeza y tal vez también un leve gesto con los párpados, odiaba también los caminos de en medio, tal vez lo que no podía soportar era la indefinición de si tirar hacia el barranco o hacia la cumbre, no podía soportar un camino plácido acompañado de la calma y el gozo que dan las flores que sonríen al costado del camino , no soportaba ninguna vía que no supusiese llegar hasta el final o morir en el intento, pero sobre todo odiaba la vainilla. La vainilla le resultaba repulsiva, no por su sabor, que a todos gusta, niños y niñas, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, doctos e iletrados, marujas y marquesas, embarazadas y vírgenes, policías y ladrones, jueces y condenados, verdugos y justiciables, ministros y sus pedicuros los porqueros, en fin, que la vainilla le gusta a todo el mundo..., menos a los que, como él no soportaban su indefinición,...la de la vainilla..., vivían con la perpetua ansia de quemar cada segundo como si fuese el último, ir de fiesta como si no existiera la resaca y quemar en un fin de semana normal más neuronas que calorías, que así le fue aquella vez que le hicieron unas pruebas para empezar a trabajar en una empresa de seguridad controlando un parking de de 23 a 7, acabaron seleccionando a otro candidato de un paladar más abierto a todo tipo de sabores, ya fuesen éstos coloridos y exóticos o con ese final de lengua como de rutina que solo poseen la vainilla y los tomates de invernadero comprados en Diciembre, en este último caso por esa capacidad que solo ellos poseen de permitir al degustador llevar su mente a rellenar con cualquier escrito el papel en blanco a que saben; en el caso de la vainilla nuestro protagonista notó como algo en su ser se estaba expresando aquel día que en un programa televisivo sobre "cultura" sexual tocaron el tema del sado masoquismo y ciertas formas de relación que más bien parecieran formas de odio, y como las personas que llevaban a cabo ese tipo de relaciones etiquetaban a las, digamos, no practicantes de sus usos, como "gente vainilla", y es que, decían, la vainilla le gusta a todo el mundo, pero a nadie le apasiona...
  
   El escritor poco dedicado,
   el músico poco practicado,
   el vividor superviviente,
   el tres veces arruinado,
   el sintiente, indolente acorazado,
   el arriesgado sin nada que perder
   por que ya regaló todo lo pesado,
   él, ya de niño era raro, corría poco,
   decían que a veces hablaba solo,
   no solía llorar y casi nunca reía,
   él, que vio seres en las miradas
   y en ellas miedos atávicos y prejuicio,
   no era solitario,
   es que se encontraba mejor estando consigo,
   creando mundos privados,
   ya recuerdo, ya recuerdo, fué aquel helado,
   Cal Mallafré, debía ser domingo,tenía cinco años,
   un cucurucho de una bola entre las manos
   y pequeños trozos de hielo enredados
   entre los chorretes de vainilla, como lágrimas,

   pidiendo por no ser devorados. 


Beni Asensio

divendres, 5 d’agost de 2016

De un trago

Siempre que la idea me pasaba por la cabeza venía a ser lo mismo: ¿de qué me arrepiento? ¿de lo que he hecho o de lo que no? A veces, me arrepentía de no haber dado un abrazo o de no haber dicho una palabra. En ocasiones, de no haber tomado la decisión correcta. Y ahí estaba la clave del asunto: siempre me arrepentía "de no haber". Porque dicen que a lo hecho, pecho, y así parece que nuestros errores nos dan mucho menos miedo que nuestras pérdidas, que todo aquello que pudo haber sido y no fue. 
      Salí a preguntar, y me reafirmé en mi creencia: José Antonio se arrepentía, me dijo, de no haber acabado con su enemigo cuando tuvo ocasión, como Benet o Montse, que se apuntaban a una larga lista de "no haber". Mi amigo Xesco decía que estaba arrepentido de perder el tiempo, lo que me hizo pensar que, en breve, dejaría de perderlo, porque el tiempo lo da Dios y es un crimen desaprovecharlo, ya que pasa inexorable y se acaba para todos. Y Luego Laura, Kohi, Cristina y Joan se arrepentían de sus inseguridades o su ingenuidad, de su incapacidad para ser un poco más malotes. De esas cosas, diría, no hay que arrepentirse, porque no son culpa de uno, tan solo el fruto de la falta de práctica, y es algo que se pasa solo (¡por desgracia!) a la vez que se va pasando la vida. Y la ingenuidad o la sinceridad van con el carácter, aunque yo, más que defectos, los llamaría buen corazón, o dificultades para comprender las malas intenciones de otros, lo cuál me parece más una bendición que lo contrario. Igual que Eric, que se arrepentía de su intolerancia a la lactosa; yo también la tengo, le dije, y no es que me arrepienta de ello (¿qué culpa tenemos, wey?), es que me amarga un poco y tuve que pasarme a la soja para no morir lentamente cada vez que me tomo un café en la plaza. Francesc y Blanca me decían que nada de arrepentirse, que había que tomar al toro por los cuernos y aprender de los errores, cosa que comparto con ellos al cien por cien. Los espíritus valientes dominarán el mundo, sin duda. José María me decía arrepentirse de ser indeciso y algo blando. Por alguna razón, los buenos se arrepienten de serlo y los malos no lo hacen jamás; siempre dicen que son malos por culpa de los otros, o de la sociedad, o de sus propias circunstancias. Pero los buenos sí dicen arrepentirse, aunque no hacen nada por evitarlo porque, en el fondo, saben que sufrir villanías y no causarlas es una buena manera de no padecer insomnio.
      Quizás sea el comentario de mi amiga Laura Vila, la hermana de Ventura Vila (¿por qué no?) el resumen de todos estos pensamientos: "Soy como soy y estoy donde estoy gracias a los aciertos y errores que he cometido. En el momento en que me he equivocado me he arrepentido, o bien lo he dejado pasar porque no tenía solución, o bien lo he podido solucionar. Arrepentirme ahora por hechos pasados no me aportaría nada. La experiencia que he adquirido me guiará en mis próximos pasos. Y sé con seguridad que volveré a cometer errores. La clave está en seguir adelante, sin arrepentimientos que anulen nuestra capacidad de vivir plenamente". 


Gemma Minguillón

dilluns, 13 de juny de 2016

¡Facebookers!

En ocasiones, tengo ideas. Pensé que leo en facebook muchas veces cosas del tipo "si te importo, comparte esto en tu muro", añadiendo un "sé quién no lo hará" para hacerte sentir culpable; o cosas del tipo "si no hay foto, la gente no lee, a ver si estás leyendo esto, y te hago tal prueba". Me fastidian esos post. No creo que sea necesario que nadie me demuestre que lee las chorradas que escribo; yo las pongo ahí, y si arranco una sonrisa o una sensación, del tipo que sea, pues ya lo doy por bien empleado y eso que se lleva el lector. Pero, ya no por mí, si no por todos los que leéis mis puyas, se me ocurrió: ¿Y si nos conocemos mejor? ¿Qué os gusta, qué os dice algo? Y os pedí que me lo dijeseis. La respuesta fue abrumadora; sois tan variados, tan diversos, que me siento orgullosa de que esteis ahí, con todas vuestras diferencias. Así pues, me encontré con románticos, como Rosa María Santacreu, que me decía que "el que se aleja de ti es porque, seguramente, sobraba en tu vida", o Glory, que nos recuerda que "si lloramos por no poder ver el Sol, las lágrimas nos impedirán ver las estrellas". O José María Parras, que nos dice que "nada graba tan fijamente una cosa en nuestros recuerdos como el deseo de olvidarla". En la misma línea, Iris Navarro apuntó que "los espejos se toman para vernos la cara; el arte, para vernos el alma"; o Adam Christopher, que nos trae una frase de Alicia en el País de las Maravillas: "Sólo es imposible si lo crees". Y casi en esa sentenciosa línea romántica me atrevería a poner la frase de Laura Vila, una sabia reflexión: "Si no te gusta lo que cosechas, analiza y cambia lo que siembras". O la frase de Tagore que nos trae Rocío Rodriguez: "Nadie da las gracias al cauce seco por su pasado". O alguna frase optimista, como la de Laia Jordana: "Hoy es un buen día para tener un gran día". Y para filosofías populares, Luis Valdelvira nos recuerda que "la lengua es el único utensilio de corte que se afila con el uso", y Joan Vallcorba nos dice que "las malas lenguas hablan, las buenas sacan orgasmos". Estoy de acuerdo, Joan. Y entre esos dichos populares, Joan nos dice un refrán: "Tantas cabezas, tantos sombreros". Y Luis Valdelvira de nuevo nos trae una frase absolutamente genial: un dicho andaluz para decirle a alguien que grite menos: "¿Por qué no hablas más callao?" Josep Cassart nos cuenta una anécdota de los años sesenta: Unos críos jugaban en la calle a pelota y golpearon un coche sin querer. El conductor se bajó enfadado y les preguntó sus nombres para buscar a sus padres, a lo que los chicos respondieron: "Yo soy el Figa (el higo), yo el Fava (la haba) yo el Aguaitaculs (el mira-culos)". Como para encontrarlos.  Y para filosofías humanas, César Muñóz: "No es serio vivir, amar, educar, participar,trabajar, sin humor". Y siguiendo en la línea filosófica, Cristina González nos trae una cita de Cioran: "España, como Rusia, es una nación "preñada de Dios", a otras naciones les basta con conocerlo, mientras que España lo lleva dentro". Sergio nos recuerda a Platón en su frase "es pérfido aquel amante vulgar que se enamora más del cuerpo que del alma, pues ni siquiera es estable, al no estar enamorado tampoco de una cosa estable, ya que tan pronto se marchita la flor del cuerpo del que estaba enamorado, ‘desaparece volando’, tras violar muchas palabras y promesas. En cambio el que está enamorado de un carácter que es bueno permanece firme a lo largo de toda su vida, al estar íntimamente unido a algo estable". Incluso algunas filosofías personales, como la de Ivan Gómez, que nos dice que "la historia de una espada se escribe con sangre", o la de Kohi Desu, que nos sorprende con una sentencia un poco agorera: "Un amigo es un enemigo que todavía no te ha traicionado". Entre estas frases lapidarias tenemos a Benet Asensio, con una muy bella: "No pienses... La mente no hace más que crear abismos que solo el corazón puede cruzar". Y a Eric del Castillo, con esta freudiana frase: "Estamos hechos de carne y hueso, pero tenemos que vivir como si fuéramos de hierro" . Y Silvia Latorre nos pone un poquito melancólicos: "La niñez es un estado de consciencia que termina el día en el que un charco es percibido como un obstáculo no como una oportunidad". Claro que, para frases lapidarias, Joan Vallcorba nos trae una del maestro Cela: "No es lo mismo estar jodido que estar jodiendo". Cierto, se mire como se mire. Y vamos por las frases puramente literarias: Laura López nos dice que, según Ralph Waldo Emerson, "los libros no son más que para inspirarnos", y para inspiraciones, José Antonio Valverde nos dice que nos leamos El sueño Eterno, que está lleno de frases maravillosas (apuntamos el dato, José). Francesc Barnades nos transcribe una cita de Los bajos fondos, de Gorki: "Vassilissa Karpovna, no te tengo miedo, no te tengo miedo!" Dami Tel Alava nos da una cita de Melville en Bartleby, el escribiente: "Preferiría no hacerlo", como quintaesencia de la rebeldía en un hombre que jamás le había tosido a nadie. Gurggy nos trae un pequeño diálogo de El curioso caso Valdemar, de Edgar Allan Poe: "Como recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché: - Sí..., No, Estuve durmiendo... Y ahora... Ahora... Estoy muerto." Ferru nos habla, en la misma línea espeluznante, de una bienvenida muy especial: la de Drácula al joven abogado. "¡Le doy la bienvenida a mi casa, señor Harker!". Jordi Giner nos trae el comienzo de Rebecca, de Daphne du Maurier: "Anoche soñé que volvía a Manderley". Y Marc Padilla nos regala nada menos que una frase de Shakespeare en Hamlet: "Cuantas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo" Mayte Escobar a escogido dos frases literarias: "Somos las hijas de las brujas que no pudisteis quemar", y el comienzo de El dibuixant, de la que firma este post: "Cuando morí, entendí dos cosas: ". César Muñóz nos trae ahora una cita del libro "El deseo según Guilles Deleuze": : Diferencia entre un ser humano VIVO y otro VITALISTA. Un ser humano VIVO, ama la vida, porque está acostumbrado a vivir. Un ser humano VITALISTA, ama la vida, porque está acostumbrado a amar. Ama a otro ser humano, un paisaje, una música, una calle, una esquina, un café..." Y terminamos con frases de cine: José Antonio Delgado nos recuerda la celebérrima escena de Blade Runner, en que Rutger Hauer interpreta a Roy el androide que, antes de morir, nos deja un soliloquio maravilloso que termina con la frase "todas esas cosas se perderán como lágrimas en la lluvia". El Xesco nos apunta un diálogo de El Rey Leon: 
-Papá, ¿somos amigos, verdad? Y siempre estaremos juntos, ¿verdad? 
-Simba, te voy a contar algo que un día me dijo mi padre. Mira las estrellas, los grandes reyes del pasado nos observan desde esas estrellas. 
-¿De veras? 
-Sí. Y cuando te sientas solo recuerda que esos reyes estarán ahí para guiarte. Y yo también.

Montse Sarri nos trae una cita de Esplendor en la hierba: "Cuando ya nada puede devolver el esplendor en la hierba , la gloria en las flores..no hay porque afligirse, porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo". Sergio nos da una frase de la película Wall Street: "No serás tan ingenuo de creer que vivimos en una democracia, ¿Verdad Buddy? Esto es un libre mercado y tú eres parte de él". Y David Tantinyà, una bastante contundente de Instinto Básico: "Pues a mi ella me parece el polvo del siglo". Adam Christopher nos recuerda las últimas palabras de John en La milla verde: "Pido perdón por lo que soy"; Alexander Copperwhite nos dice otra de El último samurai: "La clave está en...no pensar". Cristina Pous, una de Conan el Bárbaro, muy nietschiana: "Lo que no te mata te hace más fuerte". Glory nos recuerda el espeluznante "Redrum, redrum, redrum!" de El resplandor; el grito del niño hacia a su madre mientras la amenaza con un cuchillo. José Antonio Valverde apunta una de Ser o no ser, de Lubitsch: "-¿Conoce al famoso actor polaco Joseph Tura?
-Ah sí! Es es el que hace con Shakespeare lo que nosotros estamos haciendo en Polonia..."
Terminamos con un par de versos de canciones que nos trae Sergio: "No hay más ley que la ley del tesoro en las minas del rey Salomón" o "¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?", ambas de Joaquín Sabina, y un rap de Canserbero que nos da una idea de lo que parece importar más en la actualidad: "Vivimos entrenando para hacer dinero estudiando cosas que a veces ni siquiera queremos, y esculpiendo nuestros cuerpos, pues sabemos que para ver corazones todos son ciegos".
      ¿Cómo os doy las gracias? Pues con una de mis frases favoritas, cuyo autor desconozco: "La fragancia siempre queda en la mano que da la rosa". Las rosas, vuestras frases. La fragancia en vuestra mano. 

Gemma Minguillón





 

dimarts, 7 de juny de 2016

De política

La idea era buena: Ya somos muchos, hay que ponerse de acuerdo, y a ver quién manda, pues claro, el de la cachiporra más grande, y a callar. Y así vino siendo bastantes siglos, hasta que Hammurabi hizo el código aquel cerca de dos mil años antes de Cristo. Un poco rudo, el hombre, pero al menos le dio por sentarse a pensar, que siempre suele ser un buen deporte. Y de ahí en adelante, hablando siempre de occidente (hagamos lo que hagamos, algún chino lo hizo antes, así que mejor nos centramos en el terruño). Y ya en Atenas empezó aquello de la democracia. Muy relativa, sí: sólo para hombres mayores de edad, que entonces era a los dieciséis, y claro, hombres libres con la ciudadanía griega (si eras esclavo o chica, no podías votar). Y qué guay ahora, eh. Fíjate, podemos votar todos los mayores de dieciocho, seamos de donde seamos, sin discriminación de sexo. Eso sí, podemos votar listas cerradas, que al tercer candidato ya no le conoces y no sabes si es un ladrón, que lo más fácil es que algún juez esté rebuscando entre sus papeles. Y puedes votar lo que quieras; escoger cualquiera de las veinte o veinticinco papeletas llenas de nombres que desconoces. Pero el que gana no es el más votado, eh! No, el que gana es el que logra más escaños, que según de qué partido sea, necesita diecisiete millones de votos más que los demás para lograr lo mismo. O sea, que con el mismo número de votos, uno podría arrasar y otro quedarse en blanco. Yo una vez eché cuentas y hay un partido que, para obtener los mismos escaños que otro de los que más votos sacan, necesitaba que le votasen hasta los recién nacidos. De Francia, que con los cuarenta millones de españoles no le llegaba. No es ninguna broma.
      Y de todo este sinsentido tú formas parte. Y  yo. Y no te eches las manos a la cabeza, que no hay remedio. No van a cambiar nada, porque los que pueden no quieren. Ninguno de ellos. Intereses creados, mercados de valores, te debo-me debes. Sin hablar de todo lo oculto, de todo lo ilícito. Y si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería. ¿Vamos a votar? ¿Lo intentamos de nuevo? Por mí, que no quede.


Gemma Minguilllón

dimecres, 11 de maig de 2016

Romance de Baldomero



















En una fría mañana de meseta castellana,
sentado en un altozano, debajo de un avellano,
plañíase Baldomero (hablo del padre, el primero)
de la miserable vida que llevaba el jornalero.


“Todos mis antepasados trabajaron sin reparos
en esta labor tan dura que ejercieron con premura
pues, aunque muy buena gente, ninguno salió escribiente
y ganábanse el lechazo doblegando el espinazo.

Cierto es que mi primogénito no ha salido una lumbrera;
tiene el cerebro congénito de esta mi familia entera.
Mas, si tanto he trabajado, si no he gastado ni blanca,
es porque yo he deseado que sea un hombre de banca,
o médico, o abogado, yendo raudo y disparado
a estudiar a Salamanca”.


Cuando Baldomero hijo se enteró de la noticia
se buscó un buen escondrijo, tan pronto como le dijo
su madre aquella primicia:
“¿Estudiar!? ¡Qué disparate! Los codos hay que gastar,
La vista que ejercitar y las neuronas usar, sin remojar el gaznate!
Madre, dígale usté al viejo que yo no quiero estudiar;
que prefiero trabajar aquí…o en Almendralejo!”

“¿Trabajar!?”, dijo la madre. “¡Pero si en toda tu vida
nunca cogiste una brida ni te arrimaste al lagar!
En esta casa tú has sido, desde el día en que has nacido,
una boca a alimentar! Vete, pues, a Salamanca,
montado en esa potranca, que te puedan desasnar!”


Al cabo de una semana, un día por la mañana
regresaba Baldomero a disfrutar, placentero,
su primer fin de semana. 
Su madre, al verlo llegar de tal manera ataviado 
y con aquél caminar que pretendía educado,
miróselo cautelosa, sin sospechar (aunque viendo)
por dónde iría la cosa.

Al verla allí platicando con unas cuantas vecinas,
Baldomero se volvió y, asombrado, contempló
el corral de las gallinas.

“¡Virgen Santa! ¡ Jesucristo! Cierto es que la vista engaña;
Pues ni con toda mi ciencia, ni con mi extensa experiencia,
ni con mi arte y mis mañas, ¡jamás pude sospechar
que encontraría en mi hogar ese tipo de alimañas!”

La madre se santiguó, no tanto por la blasfemia,
si no por la tontería y la necedad que vio.
“Hijo mío, Baldomero, sabes bien que yo te quiero,
pero esto ya es cosa fina; pues en Madrid y en Toledo,
en Barcelona y Laredo, en Nueva York, en Olmedo,
y hasta en la misma Argentina,
el más gilipuertas sabe distinguir a una gallina.

Mira, si ese es el servicio que a ti la ciencia te ha hecho,
coge la azada de padre y vete hasta aquél barbecho,
ponte a cavar un buen rato, y haz así algo de provecho”.


Por eso dice el refrán que, si no se tiene testa,
Cuando Dios no te la da, Salamanca no la presta.



Gemma Minguillón

dilluns, 2 de maig de 2016

Palabras

Leí, o escuché, que las palabras, al pronunciarse, se convierten en realidad. Y pensé en todas las que me he callado y en las que no. También leí, o escuché, que a veces da miedo ser uno, buscar dentro, en el corazón, o en el alma, porque lo que encuentras duele, y escuece, y no nos gusta. Y vi que sí, que muchas veces finjo, que sonrío o bajo el tono cuando tengo ganas de gritar, o de llorar. También leí, o escuché, que todos los momentos que pasé contigo no son tan solo los que recuerdo, si no que hay muchos más. Que es cierto que no todo era hermoso, pero también lo es que todavía sonrío cuando recuerdo las tardes de otoño en que llegaba a casa del colegio y tú habías hecho rosquillas, esas que te enseñó a hacer la abuela. Recuerdo el olor, el sabor. Pero, sobre todo, el absoluto regocijo de mi alma infantil ante la visión de aquél enorme barreño azul lleno hasta arriba de aromáticos y deliciosos anillos de color marrón claro, que iban a durar días, que iban a estar ahí toda la semana, esperándome, cuando volviera de la escuela.
      Recuerdo el chocolate caliente y las ensaimadas en la calle Petritxol. Merienda de lujo (¿acaso había un rey, o un príncipe, que pudiesen desear una merienda mejor?). Y los veranos, de vacaciones, cuando salíamos de casa por la mañana, desde el Raval, y caminábamos hasta la vía Laietana, y salíamos a la playa. Las chancletas de colores, los bocadillos. El olor de la arena. El olor del mar.
      Podría seguir indefinidamente, con toda una sarta de recuerdos, de olores, de sonidos, de tu voz cantando mientras tendías la ropa. De tu risa y la mía, incontrolables. Me quedo con eso. Me quedo con todo. Te quiero. Y no sólo porque ayer fuera el día de la madre. Todos los días, toda la vida.


Gemma Minguilllón

diumenge, 24 d’abril de 2016

La importancia de una trilogía


Es el eterno tópico: "Persigue tu sueño". Da hasta grima decirlo, de tantas veces como lo hemos escuchado en boca de tantas personas, pocas de las cuales nos merecen respeto. Pero la cuestión es que, de alguna manera, funciona; no me preguntes cómo, yo no creo en la física cuántica ni en las energías del universo, ni en toda esa movida tan hipster y tan de moda. Creo en el esfuerzo, en el efecto mariposa; en que no hay acto sin consecuencia, sea cual sea dicha consecuencia. Si no haces nada, nada se mueve. Si tú te mueves, lo demás también lo hace, por pura ley física. Me moví por consejo de otros y la espiral se puso en marcha. Y ahí sigue, girando y girando; no sé hacia dónde, ni cuánto tiempo lo hará, ni con qué fuerza. Pero la sigo impulsando y seguiré en ello, porque ahora hay ya muchas personas que conocen a Roger Montpuig, y a Ventura Vila, y a Octavio Hidalgo. Y también al inefable detective Baldo Sanmartín, y a saber cuántos más saldrán de estas mismas teclas. Los compartiré todos con vosotros, porque da gusto, porque me gusta escuchar sus nombres de vuestras bocas. Porque oyéndoos a vosotros hablar de ellos siento que estoy un poco menos loca. Porque este sueño me ha llevado ya hasta la más entrañable feria de libros del mundo. Y, entre nosotros, eso engancha. Gracias de nuevo.


Gemma Minguillón

dijous, 7 d’abril de 2016

La historia del Hombre Corriente y la Capa de Invisibilidad

No era como un vulgar trapo arrojado al suelo de cualquier modo, aunque tuviera justo ese aspecto; en absoluto. Desde que el Hombre Corriente lo había visto, no había podido apartar la mirada de él ni pensar en otra cosa. Digamos que, por ser un hombre como todos, como tantos, el Hombre Corriente dirigía su atención hacia cualquier cosa que saliera de lo que él considerase normal, o digamos acostumbrado. Y aquello no lo era, no, en absoluto. A pesar de todo, él no era un hombre demasiado curioso, ni mucho ni poco; lo corriente. Así que, sin saber exactamente si aquello le apetecía o no, el Hombre Corriente se acercó al amasijo de tela que formaba una pequeña montaña en un lado de la acera. Y, al acercarse, constató que aquél tejido no tenía nada de lo que podría llamarse común. De algún modo, era como si estuviese ahí y, a la vez, no estuviese. "Como el gato de Schrödinger", pensó. "Vivo y muerto a la vez". Pero, como era un hombre muy corriente, no quiso pasar más rato pensando en los misterios de la física cuántica. De hecho, se preguntaba por qué no regresaba a casa, se tomaba un refresco mirando una serie televisiva y olvidaba el día de trabajo, como hacía todos los días. Pero, caramba, aquél harapo no le dejaba moverse, ni avanzar ni retroceder. Y, finalmente, el Hombre Corriente se decidió. Se agachó al lado del extraño hallazgo y lo tocó. Y en ese momento, sus ojos se abrieron con desmesura, igual que su boca, y detuvo su respiración. Al quedar parcialmente bajo el manto, la mano del Hombre Corriente había desaparecido. Atónito, sin poder pensar, sacó la mano de debajo de la tela tan solo para comprobar si seguía ahí. Aliviado, constató que, efectivamente, su mano seguía en el extremo de su brazo, mientras una realidad nueva, diferente y excitante se abría ante él: había dado con una capa de invisibilidad. El Hombre Corriente no solía fascinarse, pero Dios sabía que ahora lo estaba. Un cúmulo de imágenes acudieron a su mente: entrar al despacho de su jefe y hacerle un corte de mangas sin que este pudiese verlo; entrar en casa de la vecina antes de que ella cerrase la puerta y poder observar cómo se cambiaba de ropa con total impunidad; colarse en el cine sin pagar el ticket... Como era un hombre tan, tan corriente, sus ideas no iban más allá de aquellos inocentes y absurdos objetivos. De manera que tomó la capa del suelo y se cubrió con ella. Con la respiración entrecortada, se acercó a la óptica de la esquina para observar en el espejo su imagen: nada. Veía reflejadas a las personas que pasaban junto a él, al perro que se detuvo a orinar al pie de un árbol. Pero ni rastro de sí mismo. Y así, el Hombre Corriente empezó a caminar no ya en dirección a su casa, si no por cualquier calle de cualquier barrio. Ahora ningún vecino le vería llegar o no a su pequeño apartamento, nadie se preguntaría qué hacía ahí, tan lejos de su calle y de todo lo que conocía. Ahora no necesitaba mostrar la cara de siempre a las personas de siempre. Ahora, el Hombre Corriente era invisible. De manera que era inmune, impune. Nadie le juzgaría, nadie lo cuestionaría. Podía hacer lo que quisiera, fuera lo que fuera. No dependía de la aprobación o la crítica de otros. Era invisible. Era libre.
      Caminó por cientos de calles, cruzó los semáforos cuando no venían coches, y no cuando estaban en verde. Entró y salió de las tiendas, observó de cerca los ojos de las chicas guapas, acarició con cuidado su pelo, sin que llegasen a percibir el suave contacto. Cruzó una calle poco transitada caminando con las manos, giró y giró sobre sí mismo en una plaza para sentir el placer de marearse y dejarse caer después al suelo, mientras la cabeza daba vueltas y más vueltas. Acarició perros que, aunque sin verle, le miraban justo a los ojos. Sonrió a los niños y a las ancianas, corrió en algunas ocasiones, ralentizó su paso en otras. Y, finalmente, regresó a casa exhausto, cansado, rendido. Feliz como un niño. Se paró ante el espejo y no pudo ver su reflejo en él, y entonces permitió que la capa se deslizara hasta el suelo, a sus pies. Y no reconoció al hombre que vio ante sí. Aquél no era el Hombre Corriente, si no el Hombre Feliz, el Hombre Especial. El Hombre que Sonríe. Con cuidado, tomó la capa del suelo, la puso sobre el respaldo de la silla y se tumbó en su pequeña cama, sin dejar de mirarla, sin dejar de pensar dónde iría mañana.

Gemma Minguillón