Benvinguts al nostre espai. O millor dit, al vostre espai, perquè aquest és un espai per vosaltres, per tots els amants de la literatura.

Què us trobareu aquí? Què és, amb tot el que la xarxa ofereix a tots els nivells per tothom, el que nosaltres podem aportar de nou a dins un món tan vast com aquest, el món literari? Doncs una cosa molt senzilla: Que tots nosaltres, els autors d’aquesta web, som de casa. Parlarem de moltes coses; dels best-sellers que us agraden, dels gèneres que més us interessen, de les novetats literàries, dels grans clàssics... Posarem al vostre abast totes les nostres aportacions: articles de diferents temes, contes, novel·les i narracions, còmics i il·lustracions, perquè conegueu la nostra obra i, fins i tot, ens feu arribar la vostra perquè puguem compartir-la i conèixer-la.

Com farem tot això? Doncs mitjançant els vostres comentaris. Així podrem saber quins temes us interessen més, per orientar les nostres publicacions setmanals als vostres gustos, per parlar dels temes que realment us resultin interessants. I amb les vostres critiques als nostres escrits ens ajudareu a créixer com escriptors.

El nostre desig és, per sobre de tot, fomentar el vostre interès per la literatura, ja que només la lectura ens transporta de manera duradora a altres espais, a altres universos; la lectura, com cap altra cosa, ens ensenya l’empatia i ens culturitza, ens fa enamorar-nos, plorar, riure i viure a dins del cap d’altres persones com res més ho aconsegueix.

Per tot això, us convidem a tots vosaltres a prendre amb nosaltres un cafè a la plaça.

Us esperem.

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lunes, 2 de junio de 2014

Cuentos increibles: El libro

     -No sabría decirte-, le dije una vez más y otra, caminando bajo la lluvia, buscando el cobijo de los balcones estrechos y poco acogedores del callejón que conducía a mi cubil. -La cuestión es que no debería, lo sé, pero no puedo dejar de hacerlo.
     -Lo que no entiendo- me contestó -es tu reticencia, Martina. No sé por qué deseas dejarlo. ¿Acaso te hace algún daño hablar conmigo?
     -No-, dije, bajando la voz, pensativa y expectante. -No lo creo, Alarico. 
     -Exacto. No tienes obligaciones, nadie te espera en casa. No debes nada a nadie y, aun así, no te parece bien que hablemos a diario. Me gustaría saber por qué.
     -A mí también-, le contesté, mientras sacaba la llave de mi deslucido bolso y la introducía en la herrumbrosa cerradura de la puerta desencajada del portal. "Para una puerta como esta", pensé una vez más, "no sé si vale la pena tener que llevar llave". -Escucha-, le dije de nuevo -eres todo lo que tengo y lo sabes. Si hablo contigo es porque me sacas de la amargura diaria, de todas las sombras que me rodean. Eres cuanto me importa.
     -Lo sé. Pero esto es todo. No puede ser más de lo que es. Supongo que por eso te sientes mal.
     -¡Si! Me siento mal por eso y porque no me das la menor oportunidad-, le dije mientras entraba en casa y arrojaba el viejo bolso al suelo. Miré al fondo del pasillo; de nuevo, el sillón desgastado y hundido me esperaba al fondo, en la pequeña sala. Me decía "ven; pasa de nuevo la noche aquí sentada, mirando la televisión sin verla, con la mente en otro lado". Me dirigí hacia el final del corredor mientras su voz me seguía hablando a través del teléfono móvil. 
     -¿Oportunidad? Vamos, Martina, deja de soñar. Soy tuyo, absoluta y completamente tuyo. Pero esto es cuanto puedo ofrecerte. Siempre ha sido así y siempre lo será.
     - Pero ¿por qué? No lo entiendo, cada vez lo entiendo menos.
     -¿Te acuerdas del libro?- Mi corazón empezó a palpitar más y más deprisa.
     -¿Qué libro? ¿De qué me hablas?- Tac, tac, rápido, rápido.
     -El libro, Martina. Sabes muy bien cuál.
     -¡No digas estupideces! ¡No hay ningún libro!
     -Martina...- su voz se suavizó, se volvió de terciopelo. Tan suave, tan dulce. -Yo puedo hablar contigo siempre que quieras, pero no deberías olvidar el libro...
     -Si vuelves a nombrarlo voy a colgar. 
     -No, no lo harás.
     -¿Cómo puedes estar tan seguro?
     -Porque si lo haces me perderás.
     Entré en el comedor con la respiración acelerada, sin atreverme a colgarle. Y ahí estaba el maldito libro, sobre la mesa. Grande, pesado. En el lomo, el nombre del autor: Martina López.
     -No colgaré, Alarico. Prométeme que tú tampoco...
     -Te lo prometo. Pero tú sabes que...
     Mi corazón volvió a su ritmo normal, mi respiración se ralentizó de nuevo.
     -...que yo no existo.
      Cogí el libro para devolverlo a su estantería y mis ojos hicieron ver como que no veían el título: "Alarico".
     -Da igual; sigue hablándome...

                                               Gemma Minguillón

lunes, 19 de mayo de 2014

Cuentos increibles: La prenda

       “Tac, tac”, sonaba tras de sí el suelo de piedra húmeda. “Tac, tac”, y los latidos de su corazón se confundían con el taconeo de sus botas. La capa volaba a su espalda acariciándole los hombros, enredándose a veces en sus piernas y produciéndole un sobresalto tras otro. El sudor perlaba su frente despejada y limpia; los cabellos se humedecían a cada paso que daba. “Tac, tac”. Alzó la vista para encontrar la mirada de la Luna, que aquella noche se enseñoreaba del cielo negro y sin estrellas. Blanca, clara, parecía gritarle “vete, este no es tu sitio”. Pero tenía que hacerlo; todos los estudiantes de primer año debían pagar la prenda que les imponían los veteranos para ser aceptados. Las candelas de petroleo de la calle temblaban a su paso, haciendo aún más mortecina la luz que iluminaba escasamente sus pasos firmes, una firmeza que parecía tratar de convencer a su espíritu de que hacía lo correcto. “Hasta el cementerio”, le habían dicho. “Debes coger el aldabón y picar tres veces, justo al dar la media noche el reloj de la torre”. No había podido mostrar su pánico ante tal sugeréncia; con gusto habría hecho la cena de todos durante un mes, o habría lavado la ropa de los veteranos en el río, como habían tenido que hacer otros compañeros de su promoción para poder ingresar en la Hermandad de la Universidad. Pero el cabecilla parecía haberse dado cuenta de su terror a la oscuridad, a la noche. Quizás por lo que su madre le había repetido algunas veces: Que gritaba en sueños, aterrorizado, diciendo cosas incomprensibles. De modo que su prenda consistió en una prueba de valor; de un valor que siempre había tenido para enfrentarse a cualquier problema, a cualquier adversidad, pero del que carecía absolutamente cuando se trataba de su terror a lo desconocido. Y Salamanca estaba especialmente siniestra en aquella Noche de Difuntos.

       La puerta del cementerio pareció saludarle de lejos, con su herrería oxidada por el paso de los años. A su través se veían apenas brillar las lápidas de mármol, en aquella noche de luna que proyectaba las sombras de los ángeles de piedra sobre ellas. Sin respirar, levantó la mano hacia el aldabón. “Tres golpes”, pensó “y todo habrá terminado”. Con la mano fría y temblando, tomó la pesada aldaba y la levantó. Su sonido al caer le heló la sangre, como si aquel ruido tan fuera de lugar en la quietud de la noche pudiese despertar a algún espíritu inquieto. Las campanadas de las doce le acompañaban en la lejanía. La levantó de nuevo, cerró los ojos; otro golpe. Sin aliento, la dejó caer por tercera vez para, inmediatamente, girar sobre sí mismo y salir corriendo como alma que lleva el diablo. Pero entonces alguna cosa le dió un tirón a su capa. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras su corazón dejaba de latir. Y, al caer al suelo, se soltó por fin la capa que había quedado prendida en el aldabón tras el tercer golpe.

                                                          Gemma Minguillón