Benvinguts al nostre espai. O millor dit, al vostre espai, perquè aquest és un espai per vosaltres, per tots els amants de la literatura.

Què us trobareu aquí? Què és, amb tot el que la xarxa ofereix a tots els nivells per tothom, el que nosaltres podem aportar de nou a dins un món tan vast com aquest, el món literari? Doncs una cosa molt senzilla: Que tots nosaltres, els autors d’aquesta web, som de casa. Parlarem de moltes coses; dels best-sellers que us agraden, dels gèneres que més us interessen, de les novetats literàries, dels grans clàssics... Posarem al vostre abast totes les nostres aportacions: articles de diferents temes, contes, novel·les i narracions, còmics i il·lustracions, perquè conegueu la nostra obra i, fins i tot, ens feu arribar la vostra perquè puguem compartir-la i conèixer-la.

Com farem tot això? Doncs mitjançant els vostres comentaris. Així podrem saber quins temes us interessen més, per orientar les nostres publicacions setmanals als vostres gustos, per parlar dels temes que realment us resultin interessants. I amb les vostres critiques als nostres escrits ens ajudareu a créixer com escriptors.

El nostre desig és, per sobre de tot, fomentar el vostre interès per la literatura, ja que només la lectura ens transporta de manera duradora a altres espais, a altres universos; la lectura, com cap altra cosa, ens ensenya l’empatia i ens culturitza, ens fa enamorar-nos, plorar, riure i viure a dins del cap d’altres persones com res més ho aconsegueix.

Per tot això, us convidem a tots vosaltres a prendre amb nosaltres un cafè a la plaça.

Us esperem.

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sábado, 10 de mayo de 2014

Porkanana


Nada más nacer, lo primero que vi fue a mi madre. Tan solo tenía pelo encima de la cabeza, debajo de la nariz y en la barbilla. Su piel era pálida y berrugosa. Llevaba cristales delante de sus pequeños ojos oscuros, y era gigantesca, al contrario que sus orejas, que eran redondas y muy pequeñas.
-Oh! Qué guapo es!- , dijo ella con su grave voz de tenor.
Entonces me cogió con una pata grande y llena de dedos. Yo tuve mucho miedo, especialmente cuando me acercó a su morro enorme y rosa rodeado de pelos como escarpias, e hizo un sonido ensordecedor encima de mi cabeza, que se quedó húmeda. -Te llamaremos Porkanana, que será tu comida favorita- . Efectivamente, las porkananas, o zanahorias como las llamáis en el sur, me encantan.
Los primeros días de mi vida fueron los mejores. Conocí a una hembra que era igual que yo, solo que más grande y hembra. Ella me cuidaba y me trataba muy bien, hasta me alimentaba con una especie de líquido muy dulce y bueno que salía de sus senos.
Me lo pasé en grande jugando con los nuevos amiguitos que iba haciendo. Todos eran como yo y lo pasábamos muy bien juntos. Pero lo peor estaba por llegar.
Ocurrió a los pocos meses de haber nacido yo; empezaron a caer bolitas blancas, gélidas y minúsculas del cielo, que siempre era azul pero ahora estaba gris. Empezó a hacer más frío que de costumbre, y yo estornudé por primera vez. En pocas horas, todo el suelo quedó totalmente blanco y hermoso, pero también muy frío. Demasiado frío. Helado. Yo estaba hecho un ovillo, intentando entrar en calor, cuando se me ocurrió que podría acurrucarme en uno de mis compañeros. Así los dos entraríamos en calor. Empecé a buscar a alguno, cuando me di cuenta de que no había nadie. Estaba yo solo. Congelado. Ya creí que iba a morir. Fue entonces cuando noté que algo me cogía. Era mi madre! Había venido a por mí! Con su enorme manaza me cogió en brazos.
-¡Estabas aquí, Porkanana!- me dijo. Me envolvió con una cosa muy grande, fina y calentita. Ya no tenía frío. -En Finlandia hace mucho frío en invierno. ¡No deberías andar por aquí solo!-.
Me metió dentro de la casa donde se cobijaba y me desenvolvió. Entonces me dio una porkanana. Mi primera porkanana. Estaba tan buena como me había imaginado, tan anaranjada y brillante, crujiente...
Y esta es la historia de cómo sobreviví aquel día, y de cuando me comí mi primera porkanana.


Extraído de mi blog: Curruca.com


Judit Perich

jueves, 24 de abril de 2014

La noche es nuestra


En lo alto del edificio, Félix hablaba en silencio con la noche.
Su pelo negro brillaba bajo la luz de la luna.
Saltó, alcanzando el tejado de enfrente.
Se agazapó en la esquina más oscura y esperó, inmóvil.
Observó cómo Fofó hacía su aparición.
Era grande, blanco y rechoncho.
Tenía la comida entre los dientes y apenas miró alrededor.
Demasiado confiado Fofó.
Ya le había advertido que éstos tejados eran suyos, pero el grandullón se había limitado a sonreir burlonamente, enseñando sus atrofiados dientes. Los mismos que ahora despedazaban la comida torpemente.
Demasiado ruidoso Fofó.
Félix se le acercó lentamente por detrás.
Un, dos, tres pasos. Al cuarto todo acabaría.
De repente el gordo giró la cabeza alarmado.
Miró hacia la esquina, hacia la oscuridad.
Y ésta le devolvió la mirada.
Llovieron maullidos en el tejado.
Demasiado lento Fofó.

De vuelta en casa, Félix observaba a Verónica. Dormía inquieta y se revolvía desnuda en la cama. Félix se posó en ésta de un salto y acarició las piernas de ella con su cuerpo. Recorrió su piel lentamente y se acurrucó entre sus pechos.
Ella sonrió y se calmó al momento.
Felix durmió a su vez, protegiendo el sueño de ambos.

Porque somos gatos y la noche es nuestra.

Confesiones de una oveja descarriada

     Podría decir que hasta mis seis años llevé una vida normal, tranquila y feliz. Pero todo cambió un verano. Mi vida dio un giro radical y enseguida supe que nada volvería a ser igual. Me llamo Flopp, y soy una oveja merina. Nací en una confortable granja de ovejas en Dinamarca y, como dije, llevé una vida feliz y apacible allí hasta los seis años. Cuando salía el Sol, me levantaba junto a mis compañeras y nos quedábamos todas en el prado mascando hierba hasta que anochecía; entonces volvíamos a entrar en el establo y nos dormíamos hasta la mañana siguiente. Era una buena vida, muy tranquila y sin preocupaciones. Pero todo esto cambió un caluroso verano. 
     El granjero, que nos cuidaba mucho a todas, nos llevó a la máquina de esquilado, que estaba fuera de la granja, para así cortarnos la lana tan tupida que nos daba tanto calor. A nosotras esto nos fascinaba; nos quitaba toda la lana y nos dejaba como nuevas. Para nosotras, ir a la máquina de esquilado era como para los humanos ir al teatro. Yo tenía muchas ganas de llegar, pero tan feliz iba que sin percatarme me separé del grupo, y cuando quise darme cuenta ya no vi ni al granjero ni a mis amigas. Busqué por todas partes, las llamé a balidos y troté por toda la zona con desesperación, tratando de divisarlas o, al menos, de localizarme. No podía estar demasiado lejos de la granja, pero miré por todos sitios y no vi nada ni a nadie.
     Estaba completamente perdida. 
Pasé todo el día buscando y no hallé nada. Enseguida me deprimí. Se me hizo un nudo en el estómago. Lloraba pensando que me había perdido, que estaba muy lejos de mi granja y que nunca los volvería a ver. Me tumbé en el césped y me puse a contemplar la puesta de Sol. Recordé que a esa hora entraba al establo con todas las demás y nos echábamos a dormir. Me deprimí todavía más al recordarlo. Seguro que ellas ya habían pasado todas por la máquina y ahora eran ovejas nuevas. Dormirían bien a gusto y felices, y en cambio yo estaba aquí, en medio de la nada, con todo este abrigo tan caluroso y molesto cubriéndome y dándome calor en aquella tibia noche de verano. No podía parar de recordar cómo había sido tan tonta como para descarriarme sin darme cuenta, perderme de ese modo tan miserable y estar ahora en esta situación, pudiendo estar con todas las demás, recién esquilada y lista para dormir en el fresco establo, en compañía de mis amigas. Antes de dormirme, lloré de nuevo.

     A la mañana siguiente, decidí ponerme en marcha. Me puse a caminar, esperando encontrar mi granja. Esperé que, durante la noche, el granjero hubiese venido a por mí, pero por la mañana me di cuenta de lo ingenua que había sido. Él no vendría porque yo no le importaba nada. Así que me puse a andar esperando encontrar la granja.
     Después de caminar durante horas vislumbré a lo lejos una granja. En un segundo me sentí radiante de felicidad, la oveja más afortunada del mundo, pero mi felicidad se desvaneció por completo cuando descubrí que aquella granja no era la mía; ni siquiera se le parecía en lo más mínimo. De todos modos, y pese a la decepción inicial, decidí acercarme por si podían indicarme el camino de vuelta. Al llegar ahí, sin embargo, me sorprendió el hecho de que todas las ovejas hacían una fila india frente a un edificio viejo. Pensé que sería una costumbre de esa granja. Sin embargo, al preguntarle a la última oveja de aquella peculiar hilera, me desmintió mi ingenuidad: 
     -Todas las granjas del mundo son así; cuando llegan estas fechas el granjero nos lleva a todas al matadero y allí nos descuartizan. No se salva ni una.
¿¿¡¡Que!!?? ¡Esto yo no lo sabía! ¿O sea que si regresaba a la granja mi destino sería acabar mutilada? ¡Ni hablar! ¡Como me llamo Flopp que esto nunca iba a ocurrirme! ¡No a mí! 
Enseguida comprendí que el hecho de extraviarme más que una desgracia había sido una bendición. ¡Jamás iba a regresar al lado de ese granjero asesino! Así que eché a correr hacia el horizonte. Por primera vez me sentí libre como el viento, y así me dirigí hacia las profundidades del valle, hacia el fin del mundo, todo recto hacia el amanecer, para no volver jamás y vivir mi propia vida en el corazón de la libertad.

Judit Perich