Benvinguts al nostre espai. O millor dit, al vostre espai, perquè aquest és un espai per vosaltres, per tots els amants de la literatura.

Què us trobareu aquí? Què és, amb tot el que la xarxa ofereix a tots els nivells per tothom, el que nosaltres podem aportar de nou a dins un món tan vast com aquest, el món literari? Doncs una cosa molt senzilla: Que tots nosaltres, els autors d’aquesta web, som de casa. Parlarem de moltes coses; dels best-sellers que us agraden, dels gèneres que més us interessen, de les novetats literàries, dels grans clàssics... Posarem al vostre abast totes les nostres aportacions: articles de diferents temes, contes, novel·les i narracions, còmics i il·lustracions, perquè conegueu la nostra obra i, fins i tot, ens feu arribar la vostra perquè puguem compartir-la i conèixer-la.

Com farem tot això? Doncs mitjançant els vostres comentaris. Així podrem saber quins temes us interessen més, per orientar les nostres publicacions setmanals als vostres gustos, per parlar dels temes que realment us resultin interessants. I amb les vostres critiques als nostres escrits ens ajudareu a créixer com escriptors.

El nostre desig és, per sobre de tot, fomentar el vostre interès per la literatura, ja que només la lectura ens transporta de manera duradora a altres espais, a altres universos; la lectura, com cap altra cosa, ens ensenya l’empatia i ens culturitza, ens fa enamorar-nos, plorar, riure i viure a dins del cap d’altres persones com res més ho aconsegueix.

Per tot això, us convidem a tots vosaltres a prendre amb nosaltres un cafè a la plaça.

Us esperem.

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viernes, 5 de agosto de 2016

De un trago

Siempre que la idea me pasaba por la cabeza venía a ser lo mismo: ¿de qué me arrepiento? ¿de lo que he hecho o de lo que no? A veces, me arrepentía de no haber dado un abrazo o de no haber dicho una palabra. En ocasiones, de no haber tomado la decisión correcta. Y ahí estaba la clave del asunto: siempre me arrepentía "de no haber". Porque dicen que a lo hecho, pecho, y así parece que nuestros errores nos dan mucho menos miedo que nuestras pérdidas, que todo aquello que pudo haber sido y no fue. 
      Salí a preguntar, y me reafirmé en mi creencia: José Antonio se arrepentía, me dijo, de no haber acabado con su enemigo cuando tuvo ocasión, como Benet o Montse, que se apuntaban a una larga lista de "no haber". Mi amigo Xesco decía que estaba arrepentido de perder el tiempo, lo que me hizo pensar que, en breve, dejaría de perderlo, porque el tiempo lo da Dios y es un crimen desaprovecharlo, ya que pasa inexorable y se acaba para todos. Y Luego Laura, Kohi, Cristina y Joan se arrepentían de sus inseguridades o su ingenuidad, de su incapacidad para ser un poco más malotes. De esas cosas, diría, no hay que arrepentirse, porque no son culpa de uno, tan solo el fruto de la falta de práctica, y es algo que se pasa solo (¡por desgracia!) a la vez que se va pasando la vida. Y la ingenuidad o la sinceridad van con el carácter, aunque yo, más que defectos, los llamaría buen corazón, o dificultades para comprender las malas intenciones de otros, lo cuál me parece más una bendición que lo contrario. Igual que Eric, que se arrepentía de su intolerancia a la lactosa; yo también la tengo, le dije, y no es que me arrepienta de ello (¿qué culpa tenemos, wey?), es que me amarga un poco y tuve que pasarme a la soja para no morir lentamente cada vez que me tomo un café en la plaza. Francesc y Blanca me decían que nada de arrepentirse, que había que tomar al toro por los cuernos y aprender de los errores, cosa que comparto con ellos al cien por cien. Los espíritus valientes dominarán el mundo, sin duda. José María me decía arrepentirse de ser indeciso y algo blando. Por alguna razón, los buenos se arrepienten de serlo y los malos no lo hacen jamás; siempre dicen que son malos por culpa de los otros, o de la sociedad, o de sus propias circunstancias. Pero los buenos sí dicen arrepentirse, aunque no hacen nada por evitarlo porque, en el fondo, saben que sufrir villanías y no causarlas es una buena manera de no padecer insomnio.
      Quizás sea el comentario de mi amiga Laura Vila, la hermana de Ventura Vila (¿por qué no?) el resumen de todos estos pensamientos: "Soy como soy y estoy donde estoy gracias a los aciertos y errores que he cometido. En el momento en que me he equivocado me he arrepentido, o bien lo he dejado pasar porque no tenía solución, o bien lo he podido solucionar. Arrepentirme ahora por hechos pasados no me aportaría nada. La experiencia que he adquirido me guiará en mis próximos pasos. Y sé con seguridad que volveré a cometer errores. La clave está en seguir adelante, sin arrepentimientos que anulen nuestra capacidad de vivir plenamente". 


Gemma Minguillón

lunes, 13 de junio de 2016

¡Facebookers!

En ocasiones, tengo ideas. Pensé que leo en facebook muchas veces cosas del tipo "si te importo, comparte esto en tu muro", añadiendo un "sé quién no lo hará" para hacerte sentir culpable; o cosas del tipo "si no hay foto, la gente no lee, a ver si estás leyendo esto, y te hago tal prueba". Me fastidian esos post. No creo que sea necesario que nadie me demuestre que lee las chorradas que escribo; yo las pongo ahí, y si arranco una sonrisa o una sensación, del tipo que sea, pues ya lo doy por bien empleado y eso que se lleva el lector. Pero, ya no por mí, si no por todos los que leéis mis puyas, se me ocurrió: ¿Y si nos conocemos mejor? ¿Qué os gusta, qué os dice algo? Y os pedí que me lo dijeseis. La respuesta fue abrumadora; sois tan variados, tan diversos, que me siento orgullosa de que esteis ahí, con todas vuestras diferencias. Así pues, me encontré con románticos, como Rosa María Santacreu, que me decía que "el que se aleja de ti es porque, seguramente, sobraba en tu vida", o Glory, que nos recuerda que "si lloramos por no poder ver el Sol, las lágrimas nos impedirán ver las estrellas". O José María Parras, que nos dice que "nada graba tan fijamente una cosa en nuestros recuerdos como el deseo de olvidarla". En la misma línea, Iris Navarro apuntó que "los espejos se toman para vernos la cara; el arte, para vernos el alma"; o Adam Christopher, que nos trae una frase de Alicia en el País de las Maravillas: "Sólo es imposible si lo crees". Y casi en esa sentenciosa línea romántica me atrevería a poner la frase de Laura Vila, una sabia reflexión: "Si no te gusta lo que cosechas, analiza y cambia lo que siembras". O la frase de Tagore que nos trae Rocío Rodriguez: "Nadie da las gracias al cauce seco por su pasado". O alguna frase optimista, como la de Laia Jordana: "Hoy es un buen día para tener un gran día". Y para filosofías populares, Luis Valdelvira nos recuerda que "la lengua es el único utensilio de corte que se afila con el uso", y Joan Vallcorba nos dice que "las malas lenguas hablan, las buenas sacan orgasmos". Estoy de acuerdo, Joan. Y entre esos dichos populares, Joan nos dice un refrán: "Tantas cabezas, tantos sombreros". Y Luis Valdelvira de nuevo nos trae una frase absolutamente genial: un dicho andaluz para decirle a alguien que grite menos: "¿Por qué no hablas más callao?" Josep Cassart nos cuenta una anécdota de los años sesenta: Unos críos jugaban en la calle a pelota y golpearon un coche sin querer. El conductor se bajó enfadado y les preguntó sus nombres para buscar a sus padres, a lo que los chicos respondieron: "Yo soy el Figa (el higo), yo el Fava (la haba) yo el Aguaitaculs (el mira-culos)". Como para encontrarlos.  Y para filosofías humanas, César Muñóz: "No es serio vivir, amar, educar, participar,trabajar, sin humor". Y siguiendo en la línea filosófica, Cristina González nos trae una cita de Cioran: "España, como Rusia, es una nación "preñada de Dios", a otras naciones les basta con conocerlo, mientras que España lo lleva dentro". Sergio nos recuerda a Platón en su frase "es pérfido aquel amante vulgar que se enamora más del cuerpo que del alma, pues ni siquiera es estable, al no estar enamorado tampoco de una cosa estable, ya que tan pronto se marchita la flor del cuerpo del que estaba enamorado, ‘desaparece volando’, tras violar muchas palabras y promesas. En cambio el que está enamorado de un carácter que es bueno permanece firme a lo largo de toda su vida, al estar íntimamente unido a algo estable". Incluso algunas filosofías personales, como la de Ivan Gómez, que nos dice que "la historia de una espada se escribe con sangre", o la de Kohi Desu, que nos sorprende con una sentencia un poco agorera: "Un amigo es un enemigo que todavía no te ha traicionado". Entre estas frases lapidarias tenemos a Benet Asensio, con una muy bella: "No pienses... La mente no hace más que crear abismos que solo el corazón puede cruzar". Y a Eric del Castillo, con esta freudiana frase: "Estamos hechos de carne y hueso, pero tenemos que vivir como si fuéramos de hierro" . Y Silvia Latorre nos pone un poquito melancólicos: "La niñez es un estado de consciencia que termina el día en el que un charco es percibido como un obstáculo no como una oportunidad". Claro que, para frases lapidarias, Joan Vallcorba nos trae una del maestro Cela: "No es lo mismo estar jodido que estar jodiendo". Cierto, se mire como se mire. Y vamos por las frases puramente literarias: Laura López nos dice que, según Ralph Waldo Emerson, "los libros no son más que para inspirarnos", y para inspiraciones, José Antonio Valverde nos dice que nos leamos El sueño Eterno, que está lleno de frases maravillosas (apuntamos el dato, José). Francesc Barnades nos transcribe una cita de Los bajos fondos, de Gorki: "Vassilissa Karpovna, no te tengo miedo, no te tengo miedo!" Dami Tel Alava nos da una cita de Melville en Bartleby, el escribiente: "Preferiría no hacerlo", como quintaesencia de la rebeldía en un hombre que jamás le había tosido a nadie. Gurggy nos trae un pequeño diálogo de El curioso caso Valdemar, de Edgar Allan Poe: "Como recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché: - Sí..., No, Estuve durmiendo... Y ahora... Ahora... Estoy muerto." Ferru nos habla, en la misma línea espeluznante, de una bienvenida muy especial: la de Drácula al joven abogado. "¡Le doy la bienvenida a mi casa, señor Harker!". Jordi Giner nos trae el comienzo de Rebecca, de Daphne du Maurier: "Anoche soñé que volvía a Manderley". Y Marc Padilla nos regala nada menos que una frase de Shakespeare en Hamlet: "Cuantas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo" Mayte Escobar a escogido dos frases literarias: "Somos las hijas de las brujas que no pudisteis quemar", y el comienzo de El dibuixant, de la que firma este post: "Cuando morí, entendí dos cosas: ". César Muñóz nos trae ahora una cita del libro "El deseo según Guilles Deleuze": : Diferencia entre un ser humano VIVO y otro VITALISTA. Un ser humano VIVO, ama la vida, porque está acostumbrado a vivir. Un ser humano VITALISTA, ama la vida, porque está acostumbrado a amar. Ama a otro ser humano, un paisaje, una música, una calle, una esquina, un café..." Y terminamos con frases de cine: José Antonio Delgado nos recuerda la celebérrima escena de Blade Runner, en que Rutger Hauer interpreta a Roy el androide que, antes de morir, nos deja un soliloquio maravilloso que termina con la frase "todas esas cosas se perderán como lágrimas en la lluvia". El Xesco nos apunta un diálogo de El Rey Leon: 
-Papá, ¿somos amigos, verdad? Y siempre estaremos juntos, ¿verdad? 
-Simba, te voy a contar algo que un día me dijo mi padre. Mira las estrellas, los grandes reyes del pasado nos observan desde esas estrellas. 
-¿De veras? 
-Sí. Y cuando te sientas solo recuerda que esos reyes estarán ahí para guiarte. Y yo también.

Montse Sarri nos trae una cita de Esplendor en la hierba: "Cuando ya nada puede devolver el esplendor en la hierba , la gloria en las flores..no hay porque afligirse, porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo". Sergio nos da una frase de la película Wall Street: "No serás tan ingenuo de creer que vivimos en una democracia, ¿Verdad Buddy? Esto es un libre mercado y tú eres parte de él". Y David Tantinyà, una bastante contundente de Instinto Básico: "Pues a mi ella me parece el polvo del siglo". Adam Christopher nos recuerda las últimas palabras de John en La milla verde: "Pido perdón por lo que soy"; Alexander Copperwhite nos dice otra de El último samurai: "La clave está en...no pensar". Cristina Pous, una de Conan el Bárbaro, muy nietschiana: "Lo que no te mata te hace más fuerte". Glory nos recuerda el espeluznante "Redrum, redrum, redrum!" de El resplandor; el grito del niño hacia a su madre mientras la amenaza con un cuchillo. José Antonio Valverde apunta una de Ser o no ser, de Lubitsch: "-¿Conoce al famoso actor polaco Joseph Tura?
-Ah sí! Es es el que hace con Shakespeare lo que nosotros estamos haciendo en Polonia..."
Terminamos con un par de versos de canciones que nos trae Sergio: "No hay más ley que la ley del tesoro en las minas del rey Salomón" o "¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?", ambas de Joaquín Sabina, y un rap de Canserbero que nos da una idea de lo que parece importar más en la actualidad: "Vivimos entrenando para hacer dinero estudiando cosas que a veces ni siquiera queremos, y esculpiendo nuestros cuerpos, pues sabemos que para ver corazones todos son ciegos".
      ¿Cómo os doy las gracias? Pues con una de mis frases favoritas, cuyo autor desconozco: "La fragancia siempre queda en la mano que da la rosa". Las rosas, vuestras frases. La fragancia en vuestra mano. 

Gemma Minguillón





 

martes, 7 de junio de 2016

De política

La idea era buena: Ya somos muchos, hay que ponerse de acuerdo, y a ver quién manda, pues claro, el de la cachiporra más grande, y a callar. Y así vino siendo bastantes siglos, hasta que Hammurabi hizo el código aquel cerca de dos mil años antes de Cristo. Un poco rudo, el hombre, pero al menos le dio por sentarse a pensar, que siempre suele ser un buen deporte. Y de ahí en adelante, hablando siempre de occidente (hagamos lo que hagamos, algún chino lo hizo antes, así que mejor nos centramos en el terruño). Y ya en Atenas empezó aquello de la democracia. Muy relativa, sí: sólo para hombres mayores de edad, que entonces era a los dieciséis, y claro, hombres libres con la ciudadanía griega (si eras esclavo o chica, no podías votar). Y qué guay ahora, eh. Fíjate, podemos votar todos los mayores de dieciocho, seamos de donde seamos, sin discriminación de sexo. Eso sí, podemos votar listas cerradas, que al tercer candidato ya no le conoces y no sabes si es un ladrón, que lo más fácil es que algún juez esté rebuscando entre sus papeles. Y puedes votar lo que quieras; escoger cualquiera de las veinte o veinticinco papeletas llenas de nombres que desconoces. Pero el que gana no es el más votado, eh! No, el que gana es el que logra más escaños, que según de qué partido sea, necesita diecisiete millones de votos más que los demás para lograr lo mismo. O sea, que con el mismo número de votos, uno podría arrasar y otro quedarse en blanco. Yo una vez eché cuentas y hay un partido que, para obtener los mismos escaños que otro de los que más votos sacan, necesitaba que le votasen hasta los recién nacidos. De Francia, que con los cuarenta millones de españoles no le llegaba. No es ninguna broma.
      Y de todo este sinsentido tú formas parte. Y  yo. Y no te eches las manos a la cabeza, que no hay remedio. No van a cambiar nada, porque los que pueden no quieren. Ninguno de ellos. Intereses creados, mercados de valores, te debo-me debes. Sin hablar de todo lo oculto, de todo lo ilícito. Y si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería. ¿Vamos a votar? ¿Lo intentamos de nuevo? Por mí, que no quede.


Gemma Minguilllón

miércoles, 11 de mayo de 2016

Romance de Baldomero



















En una fría mañana de meseta castellana,
sentado en un altozano, debajo de un avellano,
plañíase Baldomero (hablo del padre, el primero)
de la miserable vida que llevaba el jornalero.


“Todos mis antepasados trabajaron sin reparos
en esta labor tan dura que ejercieron con premura
pues, aunque muy buena gente, ninguno salió escribiente
y ganábanse el lechazo doblegando el espinazo.

Cierto es que mi primogénito no ha salido una lumbrera;
tiene el cerebro congénito de esta mi familia entera.
Mas, si tanto he trabajado, si no he gastado ni blanca,
es porque yo he deseado que sea un hombre de banca,
o médico, o abogado, yendo raudo y disparado
a estudiar a Salamanca”.


Cuando Baldomero hijo se enteró de la noticia
se buscó un buen escondrijo, tan pronto como le dijo
su madre aquella primicia:
“¿Estudiar!? ¡Qué disparate! Los codos hay que gastar,
La vista que ejercitar y las neuronas usar, sin remojar el gaznate!
Madre, dígale usté al viejo que yo no quiero estudiar;
que prefiero trabajar aquí…o en Almendralejo!”

“¿Trabajar!?”, dijo la madre. “¡Pero si en toda tu vida
nunca cogiste una brida ni te arrimaste al lagar!
En esta casa tú has sido, desde el día en que has nacido,
una boca a alimentar! Vete, pues, a Salamanca,
montado en esa potranca, que te puedan desasnar!”


Al cabo de una semana, un día por la mañana
regresaba Baldomero a disfrutar, placentero,
su primer fin de semana. 
Su madre, al verlo llegar de tal manera ataviado 
y con aquél caminar que pretendía educado,
miróselo cautelosa, sin sospechar (aunque viendo)
por dónde iría la cosa.

Al verla allí platicando con unas cuantas vecinas,
Baldomero se volvió y, asombrado, contempló
el corral de las gallinas.

“¡Virgen Santa! ¡ Jesucristo! Cierto es que la vista engaña;
Pues ni con toda mi ciencia, ni con mi extensa experiencia,
ni con mi arte y mis mañas, ¡jamás pude sospechar
que encontraría en mi hogar ese tipo de alimañas!”

La madre se santiguó, no tanto por la blasfemia,
si no por la tontería y la necedad que vio.
“Hijo mío, Baldomero, sabes bien que yo te quiero,
pero esto ya es cosa fina; pues en Madrid y en Toledo,
en Barcelona y Laredo, en Nueva York, en Olmedo,
y hasta en la misma Argentina,
el más gilipuertas sabe distinguir a una gallina.

Mira, si ese es el servicio que a ti la ciencia te ha hecho,
coge la azada de padre y vete hasta aquél barbecho,
ponte a cavar un buen rato, y haz así algo de provecho”.


Por eso dice el refrán que, si no se tiene testa,
Cuando Dios no te la da, Salamanca no la presta.



Gemma Minguillón

lunes, 2 de mayo de 2016

Palabras

Leí, o escuché, que las palabras, al pronunciarse, se convierten en realidad. Y pensé en todas las que me he callado y en las que no. También leí, o escuché, que a veces da miedo ser uno, buscar dentro, en el corazón, o en el alma, porque lo que encuentras duele, y escuece, y no nos gusta. Y vi que sí, que muchas veces finjo, que sonrío o bajo el tono cuando tengo ganas de gritar, o de llorar. También leí, o escuché, que todos los momentos que pasé contigo no son tan solo los que recuerdo, si no que hay muchos más. Que es cierto que no todo era hermoso, pero también lo es que todavía sonrío cuando recuerdo las tardes de otoño en que llegaba a casa del colegio y tú habías hecho rosquillas, esas que te enseñó a hacer la abuela. Recuerdo el olor, el sabor. Pero, sobre todo, el absoluto regocijo de mi alma infantil ante la visión de aquél enorme barreño azul lleno hasta arriba de aromáticos y deliciosos anillos de color marrón claro, que iban a durar días, que iban a estar ahí toda la semana, esperándome, cuando volviera de la escuela.
      Recuerdo el chocolate caliente y las ensaimadas en la calle Petritxol. Merienda de lujo (¿acaso había un rey, o un príncipe, que pudiesen desear una merienda mejor?). Y los veranos, de vacaciones, cuando salíamos de casa por la mañana, desde el Raval, y caminábamos hasta la vía Laietana, y salíamos a la playa. Las chancletas de colores, los bocadillos. El olor de la arena. El olor del mar.
      Podría seguir indefinidamente, con toda una sarta de recuerdos, de olores, de sonidos, de tu voz cantando mientras tendías la ropa. De tu risa y la mía, incontrolables. Me quedo con eso. Me quedo con todo. Te quiero. Y no sólo porque ayer fuera el día de la madre. Todos los días, toda la vida.


Gemma Minguilllón

domingo, 24 de abril de 2016

La importancia de una trilogía


Es el eterno tópico: "Persigue tu sueño". Da hasta grima decirlo, de tantas veces como lo hemos escuchado en boca de tantas personas, pocas de las cuales nos merecen respeto. Pero la cuestión es que, de alguna manera, funciona; no me preguntes cómo, yo no creo en la física cuántica ni en las energías del universo, ni en toda esa movida tan hipster y tan de moda. Creo en el esfuerzo, en el efecto mariposa; en que no hay acto sin consecuencia, sea cual sea dicha consecuencia. Si no haces nada, nada se mueve. Si tú te mueves, lo demás también lo hace, por pura ley física. Me moví por consejo de otros y la espiral se puso en marcha. Y ahí sigue, girando y girando; no sé hacia dónde, ni cuánto tiempo lo hará, ni con qué fuerza. Pero la sigo impulsando y seguiré en ello, porque ahora hay ya muchas personas que conocen a Roger Montpuig, y a Ventura Vila, y a Octavio Hidalgo. Y también al inefable detective Baldo Sanmartín, y a saber cuántos más saldrán de estas mismas teclas. Los compartiré todos con vosotros, porque da gusto, porque me gusta escuchar sus nombres de vuestras bocas. Porque oyéndoos a vosotros hablar de ellos siento que estoy un poco menos loca. Porque este sueño me ha llevado ya hasta la más entrañable feria de libros del mundo. Y, entre nosotros, eso engancha. Gracias de nuevo.


Gemma Minguillón

jueves, 7 de abril de 2016

La historia del Hombre Corriente y la Capa de Invisibilidad

No era como un vulgar trapo arrojado al suelo de cualquier modo, aunque tuviera justo ese aspecto; en absoluto. Desde que el Hombre Corriente lo había visto, no había podido apartar la mirada de él ni pensar en otra cosa. Digamos que, por ser un hombre como todos, como tantos, el Hombre Corriente dirigía su atención hacia cualquier cosa que saliera de lo que él considerase normal, o digamos acostumbrado. Y aquello no lo era, no, en absoluto. A pesar de todo, él no era un hombre demasiado curioso, ni mucho ni poco; lo corriente. Así que, sin saber exactamente si aquello le apetecía o no, el Hombre Corriente se acercó al amasijo de tela que formaba una pequeña montaña en un lado de la acera. Y, al acercarse, constató que aquél tejido no tenía nada de lo que podría llamarse común. De algún modo, era como si estuviese ahí y, a la vez, no estuviese. "Como el gato de Schrödinger", pensó. "Vivo y muerto a la vez". Pero, como era un hombre muy corriente, no quiso pasar más rato pensando en los misterios de la física cuántica. De hecho, se preguntaba por qué no regresaba a casa, se tomaba un refresco mirando una serie televisiva y olvidaba el día de trabajo, como hacía todos los días. Pero, caramba, aquél harapo no le dejaba moverse, ni avanzar ni retroceder. Y, finalmente, el Hombre Corriente se decidió. Se agachó al lado del extraño hallazgo y lo tocó. Y en ese momento, sus ojos se abrieron con desmesura, igual que su boca, y detuvo su respiración. Al quedar parcialmente bajo el manto, la mano del Hombre Corriente había desaparecido. Atónito, sin poder pensar, sacó la mano de debajo de la tela tan solo para comprobar si seguía ahí. Aliviado, constató que, efectivamente, su mano seguía en el extremo de su brazo, mientras una realidad nueva, diferente y excitante se abría ante él: había dado con una capa de invisibilidad. El Hombre Corriente no solía fascinarse, pero Dios sabía que ahora lo estaba. Un cúmulo de imágenes acudieron a su mente: entrar al despacho de su jefe y hacerle un corte de mangas sin que este pudiese verlo; entrar en casa de la vecina antes de que ella cerrase la puerta y poder observar cómo se cambiaba de ropa con total impunidad; colarse en el cine sin pagar el ticket... Como era un hombre tan, tan corriente, sus ideas no iban más allá de aquellos inocentes y absurdos objetivos. De manera que tomó la capa del suelo y se cubrió con ella. Con la respiración entrecortada, se acercó a la óptica de la esquina para observar en el espejo su imagen: nada. Veía reflejadas a las personas que pasaban junto a él, al perro que se detuvo a orinar al pie de un árbol. Pero ni rastro de sí mismo. Y así, el Hombre Corriente empezó a caminar no ya en dirección a su casa, si no por cualquier calle de cualquier barrio. Ahora ningún vecino le vería llegar o no a su pequeño apartamento, nadie se preguntaría qué hacía ahí, tan lejos de su calle y de todo lo que conocía. Ahora no necesitaba mostrar la cara de siempre a las personas de siempre. Ahora, el Hombre Corriente era invisible. De manera que era inmune, impune. Nadie le juzgaría, nadie lo cuestionaría. Podía hacer lo que quisiera, fuera lo que fuera. No dependía de la aprobación o la crítica de otros. Era invisible. Era libre.
      Caminó por cientos de calles, cruzó los semáforos cuando no venían coches, y no cuando estaban en verde. Entró y salió de las tiendas, observó de cerca los ojos de las chicas guapas, acarició con cuidado su pelo, sin que llegasen a percibir el suave contacto. Cruzó una calle poco transitada caminando con las manos, giró y giró sobre sí mismo en una plaza para sentir el placer de marearse y dejarse caer después al suelo, mientras la cabeza daba vueltas y más vueltas. Acarició perros que, aunque sin verle, le miraban justo a los ojos. Sonrió a los niños y a las ancianas, corrió en algunas ocasiones, ralentizó su paso en otras. Y, finalmente, regresó a casa exhausto, cansado, rendido. Feliz como un niño. Se paró ante el espejo y no pudo ver su reflejo en él, y entonces permitió que la capa se deslizara hasta el suelo, a sus pies. Y no reconoció al hombre que vio ante sí. Aquél no era el Hombre Corriente, si no el Hombre Feliz, el Hombre Especial. El Hombre que Sonríe. Con cuidado, tomó la capa del suelo, la puso sobre el respaldo de la silla y se tumbó en su pequeña cama, sin dejar de mirarla, sin dejar de pensar dónde iría mañana.

Gemma Minguillón

jueves, 31 de marzo de 2016

El cascarón

Te tomaste la molestia de mirarte al espejo una y otra vez sin ver nada y maldiciendo los reflejos que, impío, te devolvía. No te gustaba lo que tus hermosos ojos veían en ese emisario de madrastras y le preguntabas una y otra vez "espejito, ¿por qué no me muestras algo que me guste ver?". Y tuviste que transformar lo que veías, lo que él te mostraba cada vez que tú, con una nueva esperanza, te asomabas a su ventana. Cambió. Se convirtió en algo que te gustaba ver y mostrar. Y sólo entonces te diste cuenta de que daba igual. Nunca imaginaste siquiera que era en tu alma, en las palabras de tu boca y en la generosidad absoluta de tu corazón donde radicaba tu belleza, tu verdadera belleza, esa de la que todos hablan y tan pocos conocen. Esa que no se marchita con los años, que no cuesta dinero. Esa que no cambia si no para bien, para mejor, para hacerse más rica y más sabia y más honorable. Esa que da a cualquier rostro, a cualquier gesto, aquél toque exacto, justo, necesario para que las verdaderas miradas, las legítimas, se prenden de él. Las que buscan esa otra, esa rara belleza que crece con el sufrimiento, con la experiencia, con la vida, con la adversidad. Esa que nunca muere, esa que obviaba el gran Pitágoras al buscar no a la más bella, si no a la mejor de las mujeres. Y con ambas bellezas, la lograda y la adquirida, llegaste a nosotros y nos llenaste de alegría, por tu alma blanca, tu espíritu inquieto, tu amor a la vida. Y rogué porque siempre la sigas amando, y te sigas amando, y  aprendas a mirarte a ese espejo de tu adolescencia y, cerrando los ojos, ames lo que veas. 

Gemma Minguillón

martes, 29 de marzo de 2016

La desgarradora historia de amor del pequeño ángel

Se había caído una vez más (¡qué torpe!) y sólo podía sentir el olor del musgo que taponaba su nariz. Se quedó así unos segundos, hasta llegar a darse cuenta de que no podía respirar y, seguramente, iba a morir ahogado si no lo hacía pronto. De manera que levantó la cara del suelo y sopló fuerte, hasta conseguir que sus pulmones volvieran a llenarse de oxígeno. Olvidando al instante el incidente, se sentó y miró a su alrededor: un bosque espeso y umbrío le rodeaba, aunque él recordaba que el sol lucía alto en el cielo hacía pocos minutos; las sombras, la oscuridad, eran tan solo fruto del espeso follaje que se cernía sobre él. Miró en todas direcciones. No sentía miedo; no era la primera vez que se veía en una situación de aprieto. Puede que fuera un pillo, un pequeño lío con alas, pero jamás fue un cobarde, de manera que se puso de pie y comenzó a caminar despacio por lo único parecido a un sendero que encontró. Sus sentidos le engañaban a veces, pero sabía bien que podía confiar a ciegas en su oído. De modo que lo aguzó, para  conocer mejor el lugar que le rodeaba. Y así, a su izquierda, en lo alto de un gran pino, pudo escuchar el roer de los pequeños dientes de una ardilla que se afanaba sobre una piña; a su derecha, un pájaro carpintero picaba con insistencia la dura corteza de un roble para hacer de él su hogar. Sonrió; nada de todo aquello le era ajeno. Nada, salvo el cántico suave que, de pronto, comenzó a escuchar ante sí. Siguió el sendero sin hacer el menor ruido con sus pequeños pies livianos y la vio. Una mujer brillante, dorada, colorida, con su larga y hermosa cabellera mojada, sumergida hasta las rodillas en un remanso del río, llenaba de agua las palmas de sus manos y la vertía después sobre su piel, una y otra vez, como en un ritual sagrado. Su voz, apenas perceptible para otros que tan sólo pueden oír las cosas menos esenciales, llegaba como un hilo de agua y oro hasta los oídos del pequeño ángel. La voz, el agua, los cabellos. La piel brillante, suave. Los rayos de sol que se filtraban entre la maleza del bosque para ir a dar, todos juntos, sobre la inenarrable figura de la diosa. Y el ángel no supo qué hacer con todo aquello, de manera que no hizo nada. Se sentó sobre una roca, sin saber si ella le veía o no, y la miró, y la escuchó. Todos sus sentidos se llenaron de ella, de su canto, de su risa, de su presencia. Y no importaba, pensó, si la diosa le veía ahí pasmado, si se asustaba o se burlaba de él. Lo importante, lo capital, era que no desapareciera. Que su luz le siguiera bañando, que su melodía siguiera cantando en sus oídos, que su presencia no se desvaneciera. De modo que se quedó ahí, sin hacer ruido, sin apenas respirar, sabiendo que, si lo hacía, se rompería el ensalmo y el bosque volvería a ser un bosque oscuro, aterrador, con los mismos árboles y los mismos seres que siempre lo habían habitado. Siguió, pues, aguantando la respiración, mirándola sin apenas pestañear, tratando de ser invisible a sus ojos.Y así la tuvo tanto como pudo tenerla.


Gemma Minguillón

martes, 22 de marzo de 2016

Memento mori

Nuestra cultura (esta de aquí, a este lado del Atlántico) insiste desde hace ya mucho en obviar la muerte. Los niños no asisten a los funerales (pobrecitos), se les oculta en lo posible el fallecimiento de los abuelos o seres más o menos cercanos, incluso de sus mascotas. Los cuentos de hadas han sido tergiversados para que no les afecten (no se vayan a traumatizar), y así, Cenicienta no es torturada por sus hermanastras, Caperucita no es devorada por el lobo, La Bella Durmiente no es forzada por el príncipe, y un largo etcétera. Incluso, recientemente, Sant Jordi no mata ya al dragón: le riñe para que no fastidie más a los del pueblo, hombre ya, y le insta a abandonar el lugar con el rabo entre las patas. Y lo peor del caso es que no nos limitamos a los niños, no; lo que les hacemos a ellos es tan solo un reflejo de lo que hacemos con nosotros mismos. También tratamos de obviar en lo posible todo lo referente a la muerte, que hemos convertido en algo aséptico, algo que hay que olvidar cuanto antes. ¿Es sana tal conducta? ¿Es saludable olvidar que estamos vivos y que, por tanto, algún día dejaremos de estarlo? La muerte es, genéricamente, el sentido de la vida. El acicate que nos hace levantarnos de la cama y saborear el café, cerrar los ojos para oler una flor y que nada perturbe esa percepción preciosa; perder la vista hacia el mar o sonreír mientras sentimos cómo la piel se va erizando bajo una caricia. La muerte forma parte de la vida, pero lo hemos olvidado y vivimos como si nunca fuera a terminarse. Aislamos a los niños de esa realidad, nos aislamos de ella nosotros mismos. Recordemos nuestra naturaleza animal; no tenemos otra. A lo mejor, así saborearemos mejor la vida. Como decía el gran Alejandro, "el sueño y el sexo me recuerdan que soy mortal".


Gemma Minguillón

lunes, 29 de febrero de 2016

Mentes Criminulas

Ser delincuente no es tan fácil como parece. Ni mucho menos. Para ser un buen criminal hay que ser despierto, ágil y, sobre todo, tener unos mínimos de inteligencia. De no ser así, se convierte uno en un ser nulo para el crimen, con las fatídicas consecuencias que eso conlleva. Tal sería el caso de Rubén Zarate, que se metió a atracar una tienda y le dijeron que no podían abrirle la caja fuerte, puesto que la llave la tenía el encargado. Y Rubén, que no quería darse por vencido tan fácilmente, les dijo a los empleados que no había problema. "Este es mi número de móvil", les dijo, apuntando su número en un papel. "Cuando venga el encargado, me llaman y vendré a atracar". Y sí, le llamaron, pero como es lógico la policía le esperaba en la tienda y fue detenido.
      Corría el año 2010 cuando Albert Bailey no quiso molestarse siquiera en ir al banco para atracarlo; chico precavido, llamó por teléfono a la sucursal: "Voy a venir a atracarles. Denme cien mil dólares. Llegaré en un rato". En lugar de ir él mismo, envió a su cómplice (un menor) con una nota en la rezaba: "Somos los que hemos llamado para avisar del atraco; den el dinero a mi cómplice, por favor". Parece que a Bailey tampoco le salió bien su intento de atraco; a saber qué pudo fallar.
      Y en el colmo de la mala suerte, Darren Clipton decidió entrar a robar en una casa, y cuál no sería su sorpresa al descubrir que había dentro una batida policial destinada a tomar pistas del atraco que dicha residencia acababa de sufrir pocas horas antes. El pobre Darren se quedó compuesto y sin robo, y el dueño de la casa se hizo un seguro de alarmas como un camión.
      Como vemos, atracar es más difícil de lo que parece... ¿o no? En cualquier caso, mejor no arriesgarse demasiado.

Gemma Minguillón

lunes, 22 de febrero de 2016

Estém a l'aire!















Qui ens havia de dir quan vàrem començar aquesta aventura que acabaríem a la radioacabaríem no és el terme més escaient, perquè continuem al blog com sempre; a la radio, tot i dedicar-nos a la cultura codinenca, ho fem a un àmbit més entretingut i musical. Però he vingut avui per presentar-vos a l'equip.

La Laura López Jimeno és una llicenciada en filologia anglesa, lectora compulsiva, alegre de mena, observadora i detallista. Li agraden els dolços, la xocolata i els llibres. I també el cinema, és clar, de manera que li hem encarregat la secció Un bol de crispetes, on desenvolupa tota una tasca audiovisual. Va al cinema i ens fa una crítica exhaustiva de la pel·lícula que ha anat a veure, sense fer-nos espòiler i centrant l'atenció en l'argumentació, les actuacions i la direcció. Diguem que ens farà entrar ganes de veure la pel·lícula, o no, segons li hagi agradat a ella. Creiem que el seu punt de vista fresc us resultarà força interessant.

En Luis Santiago és un jove músic amateur i autodidacta, amb una especial fascinació per les tecles. És el nostre tècnic de so i col·laborador en totes les seccions del programa. A banda de la música, li agrada el futbol i també els cotxes de carreres. Al nostre programa, a banda de participar i comentar, també canta i toca la guitarra a la secció "Sus vamos a cantar".
En Xesco Mariscal ès moltes coses: especialista de cinema, fotògraf, cameraman, productor de vídeo, imitador de veus... En tot cas, una persona amb gran sentit de l'humor que ens ajuda també en totes les seccions del programa, especialment a la secció "Me río de Janeiro", on comentem les notícies més esbojarrades que trobem per les xarxes. Gràcies a les seves imitacions, en Xesco i en Luis aconsegueixen que, a cada programa, tinguem amb nosaltres als protagonistes de cada notícia "en directe" i ens ajudin a comentar-la, passant una estona divertida i tant o més esbojarrada que la pròpia noticia, que sovint sen's queda petita.
La Judit Périch ès una gran lectora i ha col·laborat amb mi des que vaig començar el projecte d'aquest blog cultural, de manera que també col·labora al nostre programa, comentant les notícies i dient la seva; ella va ser la primera "leona" a la que vàrem fer una entrevista a l'espai "Leones", on convidem a una persona molt lectora per parlar desenfadadament de literatura, o qualsevol altra cosa que es pugui llegir.
Amb tots ells i els col·laboradors que venen i vindran cada setmana, siguin lectors, músics, pintors o qualsevol altra manifestació de l'art a casa nostra, fem cada quinzena el nostre programa per tots vosaltres. Dessitjém de tot cor que gaudiu al nostre costat d'aquesta estona, com nosaltres gaudim de realitzar el programa per vosaltres!

Gemma Minguillón

lunes, 25 de enero de 2016

Cuadernos de Bitácora, de José Antonio Delgado

Mi amigo, el escritor José Antonio Delgado, autor del libro Taggazeto, me ha dedicado este post en su blog; lo comparto con vosotros, sobre todo para que le conozcáis (es un genio). Gracias, José!!

http://bitacorandoquesgerundio.blogspot.com.es/2016/01/emprender-la-palabra-que-asusta.html

viernes, 15 de enero de 2016

Mayordomos de negro y cuadernos de muerte

Voy por ahí repitiendo a los cuatro vientos que soy una enferma de la lectura, una adicta a los libros y blablabla. Puede que quede bastante pedante, pero es absolutamente cierto. La verdad es que la mayoría de lectores compulsivos solemos creernos por encima del bien y del mal (cómo molo; es que leo muchísimo), y no digamos ya los escritores: el sumum de la altanería cultural (no digan que no, señores, que nos conocemos). Por eso, tanto los primeros como los segundos suelen poner una sonrisa de soslayo mientras te contestan "no, yo es que el manga..." así, con mucha suficiencia y mucha pompa. A mí, naturalmente, me pasaba lo mismo. Hasta que, hace algunos años, tuve el honor de tener mi propia tienda de cómic y manga: La Arcania. Somos muchos los que la echamos de menos y muchos me preguntan si volveré a intentarlo. En principio, no, pero nunca se sabe. Pero a lo que iba: Cuando tuve mi tienda, descubrí que existen auténticas obras maestras convertidas en pequeños tomos de cómic japonés, que se leen del revés y te dejan, como poco, ojiplático. Encuentras argumentos y desarrollos que para sí quisiera el más aférrimo shakespeariano o conandoyliano. Utilizando a menudo a los dioses de la muerte, los shinigamis, esos seres de la mitología japonesa cuya misión consiste en guardar las puertas del cielo para que los espíritus no interfieran en la vida de los humanos y guardando a la vez las bibliotecas de vida de todas las personas, o cualquier otro tipo de seres fantásticos, los autores manga cosen verdaderas obras de arte literarias que, por estar en ese formato, pasan desapercibidas a lectores que las devorarían como demonio a alma de inocente. Os recomiendo dos: El primero, "Death Note", la historia de un shinigami que deja caer su cuaderno de muerte a la tierra por puro aburrimiento y que, encontrado por un muchacho sin ninguna necesidad acuciante, decide utilizarlo para hacer justicia, escribiendo en él nombres de personas (en principio delincuentes) que mueren a los treinta segundos a causa de un infarto, por los poderes del cuaderno (en esta historia aparece el detective más carismático de cuantos conozco, L. Lawliet). 
      El segundo, "Kuroshitsuji", o el Mayordomo de Negro; la historia de un pacto de venganza entre el joven conde Ciel Phantomhive y el demonio Sebastian Michaelis, quien le servirá como mayordomo hasta que logre culminar su venganza contra quienes destruyeron su familia y su casa. Al lograr su objetivo, Ciel deberá ceder a su demonio el derecho sobre su alma.  Por el camino, el formidable Sebastian ayudará a su señor a resolver diferentes casos de crímenes y misterio, algunos inspirados en el propio Conan Doyle o incluso en Goethe, con el marco de la Inglaterra victoriana como fondo.
      Naturalmente, ambos manga están también en versión anime, es decir, podemos verlos en nuestro ordenador. 
      Os invito a abrir la mente y a dejaros llevar un poquito, a pasar sobre los tópicos y a disfrutar de estas u otras historias realizadas por profesionales del misterio que tienen mucho que decir. Arigato gozaimasu...


Gemma Minguillón

lunes, 4 de enero de 2016

Federico y Salvador

No sé si todo puede reducirse a una cuestión cultural; seguramente sí, aunque también hay que admitir que no siempre es sencillo determinar ciertas cosas. Hay personas que saben escucharse, que no tienen miedo a conocerse; otras, en cambio, son infinitamente más cobardes. Y dice la Historia que ese fue el caso de Federico y Salvador.
      Lorca se enamoró, o enamoriscó, de Dalí. Él conoció desde siempre su condición, y jamás tuvo miedo (bueno, seguramente sí, pero se le pasó deprisa porque era un hombre muy valiente y sabía afrontar lo que le venía de cara). Dalí, en cambio, siempre nos dio una imagen ambigua y poco definida y, si bien a los artistas se les perdona todo (ya entonces era así) a veces se trata de que sea uno mismo quien se "perdone". Y ese no parecía ser su caso. 
      El tiempo en que coincidieron en Barcelona y estudiaron juntos era un tiempo políticamente revuelto. Las libertades comenzaban a estar en entredicho, aunque todavía se gozaba de muchas. Y si bien, como dice el Eclesiastés, no había nada nuevo bajo el Sol, la homosexualidad no era algo socialmente aceptado (bueno, ni siquiera lo era en tiempos de Freddy Mercury, no hace falta que nos echemos las manos a la cabeza). De modo que Dalí siempre negó la mayor, a pesar de su fascinación por Lorca, de sus dudas (que él mismo admitió siempre) y de su amor hacia él. Finalmente, decidió revolverse contra sí mismo y contra el objeto de su deseo, y filmó con Buñuel (que parecía ser bastante homófobo) El Perro Andaluz (ese título hizo que Lorca se pillara un rebote importante). Poco tiempo después, Dalí hubo de llorar en amargo secreto el asesinato del poeta a manos de los "nacionales".
      Ahora puede parecernos fácil desvestirnos de complejos y tabúes y aceptarnos tal y como somos y todo eso. Supongo que a principios del veinte no era tan sencillo. En cualquier caso, opino que la cobardía es la madre de todos los males, aunque todos seamos, en el fondo (o no) un poco cobardes.


Gemma Minguillón

sábado, 19 de diciembre de 2015

La mort a Venècia

      No havia vist el cel, ni el sol, ni el dia. A la cambra en penombra hi havia la llum justa i necessària, la temperatura exacta i el matalàs, confortable, càlid i gran, m'acollia sense fer-me sentir fred ni calor. El cos fruïa, la ment fruïa, els dies passaven un darrere l'altre com una succeció perfecte, previsible, i per previsible plàcida i tranquil.la.
      
I vas aparèixer.

      Un dia, entre el moment que es pon el sol i la lluna no surt encara, et vaig veure. Tenies llum pròpia, et movies com una fada, com un elf. Suraves per sobre la sorra, el vent et portava com una fulla de tardor que dona voltes i més voltes. I la meva mirada et va seguir, i els meus peus van seguir els meus ulls. I vaig anar així, darrere teu, sense mirar per on caminava, sense adonar-me'n de què o qui trepitjava mentre, en mig d'un somnambulisme malaltís, et seguia.
      No sé quan de temps va passar, quantes vegades vas girar i girar i pujar i baixar. No sé quants cops es va reflectir la llum del sol als teus cabells, quantes vegades la teva pell de seda va lluir sota la meva mirada. Quantes passes vaig donar abans de perdre't de vista.
      Et vaig buscar. Vaig mirar i remirar, vaig cercar-te per arreu, darrere les cases, darrere els arbres, darrere els núvols. Vaig trigar molt, massa, en comprendre que havies marxat i que ja no tornaries.
      Llavors vaig baixar la mirada. No hi eres, i jo tornava a estar a la cambra en penombra, amb la llum justa i necessària, amb la temperatura exacta i el matalàs confortable. Què buida! Què freda, què fosca! Vaig obrir la finestra i em vaig abocar cap a fora, girant el cap per abastar tot allò que queia davant la meva vista, cercant més llum, cercant més colors, cercant alguna cosa que s'assemblés a tot el que havia tingut mentre caminava darrere teu. Però no hi havia res fora de tu. El meu món, plàcid i tranquil, s'havia esvaït, i jo sabia que ho havia fet per sempre. 
      I ara camino pels mateixos carrers, per la mateixa sorra, pel mateix bosc, mirant al meu voltant. I l'única cosa que veig són fades, elfs, fulles de tardor donant voltes i més voltes.

Gemma Minguillón

lunes, 23 de noviembre de 2015

Occidente

Tengo unas cuantas preguntas. ¿Tienen derecho los americanos a ir por el mundo como un elefante por una cacharrería? ¿Tendrían, por la misma regla de tres, derecho los iraníes a ir a Macedonia y liarse a cortar cabezas de civiles, por todas las que en su tierra cortó Alejandro en su paso hacia el Hindo Kush? ¿Tienen algún derecho los ingleses a dejarlo todo liado en cualquier país del que se van retirando, quedándose la población sometida a guerras intestinas que les imposibilitan su bien merecido progreso? Y ¿tendrían los franceses derecho a entrar en Roma a tiros, cargándose a todo el que pillasen, al grito de "Todos somos Vencingétorix"? Si nos ponemos históricos, ¿quién sale perdiendo? Todos; como decía el mahatma Gandhi, con eso del ojo por ojo la humanidad entera se quedaría ciega. 
      Nos echan la culpa de todo. Dicen que vivimos en el País de las Piruletas, que eso no es real. Que el mundo no es esto. Que va en nuestra naturaleza despellejarnos los unos a los otros. Pues igual. Pero...
      Dejamos atrás la época de barbarie. Vlad Tepes está ya enterrado (aunque no se halle en su tumba), igual que todos los señores feudales de entonces. Hemos peleado, hemos dividido y unificado reinos, hemos tomado partido. Hemos madurado. Hemos tenido revoluciones contra los poderes fácticos, hemos cantado "libertad, igualdad, fraternidad" en el siglo dieciocho, mientras otros seguían agachando la cabeza. Hemos tenido las dos guerras mundiales más sangrientas de la Historia. Los jardines en los que nuestros hijos juegan hoy a baloncesto están regados con la sangre de millones de chicos que se dejaron la piel en nombre de la libertad, del derecho y de la democracia. En nombre de no consentir a dictadores y militares locos que se hicieran con el control. Nuestro estado del bienestar se sustenta sobre sus tumbas, sobre sus huesos. Señores, señoras, nadie nos ha regalado nada. Lo que tenemos nos lo hemos ganado a pulso.
      Así que, que no nos vengan contando milongas. La culpa de la bomba es del que la pone. La culpa del fanatismo es del que no se mueve, del que no avanza. Del que no pisa a quien quiere pisarle. Que se muevan. Que se dejen de historias, de reproches. Que se vengan, que se dejen de velos. Los velos tapan. El cabello al viento vuela. Que crezcan, que aquí nos tendrán cuando lo hagan.

Gemma Minguillón

viernes, 13 de noviembre de 2015

Catalina la Grande

La Historia la escriben, como todos sabemos, los ganadores. O al menos, los que no dejan testigos y hacen que la cosa parezca un accidente. De eso, los americanos saben un rato (por su mala propaganda, justificada en este caso, todavía hay mucha gente que piensa que Hitler era un enano cabrón, cuando el hombre medía un metro ochenta y cinco, de manera que sólo era cabrón y no enano). Pero nuestros compañeros isleños, los ingleses, saben todavía más de ese juego. Nunca perdonaron a España su gran Imperio del siglo XVI, con lo que, una vez obtenida la supremacía marítima a golpes de pirateo y patentes de corso concedidas por la reina, se dedicaron a denostar todo cuanto salía de aquí, hasta conseguir que los propios americanos nos pinten como unos garrulos y no distingan entre un vasco, un catalán y un mexicano. Ese deporte les llevó, en el siglo XVIII, a deteriorar cuanto pudieron la figura de Catalina la Grande, hasta el punto de que todos nosotros la veamos como una especie de ser repulsivo y maldito. La ignorancia es la madre de muchos de nuestros males; nada como documentarse de distintas fuentes para romper prejuicios y falsos mitos.
Catalina fue llevada a la corte de Rusia a mediados del dieciocho. Convencida de su gran responsabilidad, se decidió a ser una buena zarina y puso toda la carne en el asador. Se ganó la confianza de la madre de Pedro, el Gran Duque, quien la admitió en la corte y la casó con su hijo, que entonces tenía dieciocho años. Pero Pedrito tenía un problema: Era impotente, aparte de un friqui de cuidado, y se pasaba el rato jugando a soldaditos, porque aún no se había inventado el Warhammer. Catalina deploraba su actitud y, en sus memorias, lo trata sin piedad como un absoluto imbécil. De modo que tuvo que comenzar a buscarse amantes con los que dar a la emperatriz el heredero que esta tanto deseaba. Sistemáticamente, la separaban de todos y cada uno de los niños que tenía, nada más nacer. Pero Catalina siguió luchando cuanto pudo y, a la muerte de Isabel, se convirtió en emperatriz, pasando por encima de Pedro, que se retiró a jugar a soldaditos dejándole el mando gustoso a su esposa. 
Y Catalina comenzó planes innovadores: Puso en marcha políticas sociales, se alejó del militarismo, dejó de condenar a muerte porque sí a cualquiera que se opusiera al régimen, y consiguió que Rusia fuera el país de referencia y de mayor influencia en la Europa del momento. Los ingleses no se lo perdonaron nunca y comenzaron a ridiculizarla; una mujer sexualmente libre era un plato demasiado apetitoso para la prensa amarilla de la época. Y así, ha llegado hasta nosotros la leyenda de que murió bajo un caballo, no pateada, sino teniendo sexo con él. 
¿Deberíamos informarnos antes de juzgar? Claro. Pero, ¿quién puede resistirse a un buen chisme?

Gemma Minguillón

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Veinte coma siete megapíxeles

Dicen que hubo un tiempo en que no existía internet, ni los teléfonos móviles, ni las cámaras digitales. Si uno era muy, pero que muy aficionado a la fotografía, se iba por ahí de viaje con la familia y se llevaba la Nikkon con un objetivo de cincuenta milímetros (a veces, tenía uno un teleobjetivo que llegaba a setenta u ochenta milímetros) y hacía unas fotos durante el viaje. Pero no lo hacía uno siempre, porque el equipo pesaba como un muerto y te impedía hacer lo principal: Disfrutar de los paisajes y, lo más importante, de la familia.
Ahora te vas a Roma con el móvil en el bolsillo y te lías a hacer fotos como un poseso; fotos que encuentras a barullo en internet, de todos y cada uno de los monumentos de la ciudad. Pero claro, ahí no sales tú; la gracia es hacerte un selfie delante de la Fontana di Trevi, del Coliseo o del Panteón. Y luego lo ves en la foto, porque claro, ¿quién se detiene a admirarlo con los ojitos, con la cantidad de cosas a fotografiar que hay en la ciudad? 
Los viajes son ahora reportajes de la cara de uno frente a cosas y casas, iglesias, esculturas o pinturas. No importa estar delante de La Venus de Boticcelli y poder admirarla por vez primera en directo (a pesar del ancho cristal que la proteje). Lo importante es el selfie, el "yo estoy aquí y tú no". 
Una propuesta: En tu próxima excursión, déjate el móvil en el hotel cada vez que pises la calle. Tenlo ahí, por si hay alguna urgencia, pero sal sin él. Prueba a mirar a tu alrededor. A no "compartir" cuanto haces sino con los presentes. A vivir la experiencia con ellos, o tú solo. A beber el placer de un bello paisaje, de una hermosa obra de arte. A respirarla, a cerrar los ojos y volver a abrirlos y verla ahí, delante de ti. ¿Te has fijado en que los cuadros huelen a tela vieja? Y las catedrales góticas, a piedra. Percibir, sentir. Sensaciones que se lleva uno consigo y que no pueden fotografiarse. ¿Estar vivo? Seguramente.


Gemma Minguillón

martes, 6 de octubre de 2015

El cinturón de Orión

Desde nuestro planeta podemos verlas; tres estrellas que conocemos como las tres Marías, los tres Reyes Magos u otros nombres por el estilo, y que en astronomía llaman el cinturón de Orión, en honor al cazador a quien ciñen su esbelto talle, formado a su vez por otras estrellas. Sólo entre las tres principales hay otras ciento veinticinco que no vemos (son más modestitas) y no hace falta decir la burrada de años luz que las separa, unas de las otras. Pero ahí estamos, mirando para arriba en las noches de otoño y distinguiendo perfectamente el hermoso cinturón; en realidad, sólo un puñado de estrellas que nuestra imaginación, o la configuración matemática de nuestro cerebro, nos obliga a unir en dibujos aleatorios, formando carros, arqueros o, en este caso, un cazador con su cinturón azulito. Algo parecido pasa con lo que llamamos "el sistema".
      "El sistema" tiene la culpa de todo. De nuestras desgracias, de nuestros convencionalismos. Estamos a favor de "el sistema", nos diluimos en "el sistema" o estamos contra "el sistema". Este nos marca y dibuja nuestras vidas, haciéndonos aceptar lo inaceptable, tragar con lo intragable, o no transigir con cosas que, igual, no eran tan malas.
      Pero, ¿qué es "el sistema"? ¿Qué o quienes lo forman? Por lo que oímos y leemos, no es otra cosa que una urdimbre de leyes, de convenciones y costumbres que, por aceptadas, repetitivas y bien vistas nos dan la seguridad de ser uno más (digamos lo que digamos, nada nos relaja tanto como sentirnos uno más, aceptados, aprobados). Un montón de cosas pequeñas alejadas años luz entre sí y que, como el cinturón de Orión, sólo podemos ver como un todo desde la distancia. 
      Más que en lo legal, "el sistema" se sustenta en lo social. No se pintan las paredes, no nos cogemos de la mano por la calle si somos del mismo sexo, no decimos que no estamos de acuerdo con el aborto, el nacionalismo o que miramos con recelo a las personas de otras razas. Nadie con dos dedos de frente diría ahora algo así, porque estaría socialmente muerto.  Y enterrado por "el sistema". Pero es mentira, y sólo hay que rascar un poco para darse cuenta. 
      El otro día escuché a dos mujeres hablando mientras compraban el pan. Una decía que vendrían a España millares de refugiados sirios y que se les daría casa gratis y un subsidio. La otra, indignada, respondía que no había derecho, que éramos muchos los españoles en paro. Me pregunté qué canal de noticias miraban, qué periódicos leían. De dónde se habían sacado esa información absurda. Pero, sobre todo, dónde quedaban la piedad, la empatía, la solidaridad. 
      Sigamos mintiendo. Sigamos diciendo lo que quieren que digamos y pensando por nuestra cuenta, hasta que todo estalle en un odio exacerbado contra quien menos culpa tenga. Sigamos manteniendo, entre todos un poquito, este "sistema" que no es nada ni nadie. Que somos nosotros.

Gemma Minguillón