Benvinguts al nostre espai. O millor dit, al vostre espai, perquè aquest és un espai per vosaltres, per tots els amants de la literatura.

Què us trobareu aquí? Què és, amb tot el que la xarxa ofereix a tots els nivells per tothom, el que nosaltres podem aportar de nou a dins un món tan vast com aquest, el món literari? Doncs una cosa molt senzilla: Que tots nosaltres, els autors d’aquesta web, som de casa. Parlarem de moltes coses; dels best-sellers que us agraden, dels gèneres que més us interessen, de les novetats literàries, dels grans clàssics... Posarem al vostre abast totes les nostres aportacions: articles de diferents temes, contes, novel·les i narracions, còmics i il·lustracions, perquè conegueu la nostra obra i, fins i tot, ens feu arribar la vostra perquè puguem compartir-la i conèixer-la.

Com farem tot això? Doncs mitjançant els vostres comentaris. Així podrem saber quins temes us interessen més, per orientar les nostres publicacions setmanals als vostres gustos, per parlar dels temes que realment us resultin interessants. I amb les vostres critiques als nostres escrits ens ajudareu a créixer com escriptors.

El nostre desig és, per sobre de tot, fomentar el vostre interès per la literatura, ja que només la lectura ens transporta de manera duradora a altres espais, a altres universos; la lectura, com cap altra cosa, ens ensenya l’empatia i ens culturitza, ens fa enamorar-nos, plorar, riure i viure a dins del cap d’altres persones com res més ho aconsegueix.

Per tot això, us convidem a tots vosaltres a prendre amb nosaltres un cafè a la plaça.

Us esperem.

lunes, 2 de mayo de 2016

Palabras

Leí, o escuché, que las palabras, al pronunciarse, se convierten en realidad. Y pensé en todas las que me he callado y en las que no. También leí, o escuché, que a veces da miedo ser uno, buscar dentro, en el corazón, o en el alma, porque lo que encuentras duele, y escuece, y no nos gusta. Y vi que sí, que muchas veces finjo, que sonrío o bajo el tono cuando tengo ganas de gritar, o de llorar. También leí, o escuché, que todos los momentos que pasé contigo no son tan solo los que recuerdo, si no que hay muchos más. Que es cierto que no todo era hermoso, pero también lo es que todavía sonrío cuando recuerdo las tardes de otoño en que llegaba a casa del colegio y tú habías hecho rosquillas, esas que te enseñó a hacer la abuela. Recuerdo el olor, el sabor. Pero, sobre todo, el absoluto regocijo de mi alma infantil ante la visión de aquél enorme barreño azul lleno hasta arriba de aromáticos y deliciosos anillos de color marrón claro, que iban a durar días, que iban a estar ahí toda la semana, esperándome, cuando volviera de la escuela.
      Recuerdo el chocolate caliente y las ensaimadas en la calle Petritxol. Merienda de lujo (¿acaso había un rey, o un príncipe, que pudiesen desear una merienda mejor?). Y los veranos, de vacaciones, cuando salíamos de casa por la mañana, desde el Raval, y caminábamos hasta la vía Laietana, y salíamos a la playa. Las chancletas de colores, los bocadillos. El olor de la arena. El olor del mar.
      Podría seguir indefinidamente, con toda una sarta de recuerdos, de olores, de sonidos, de tu voz cantando mientras tendías la ropa. De tu risa y la mía, incontrolables. Me quedo con eso. Me quedo con todo. Te quiero. Y no sólo porque ayer fuera el día de la madre. Todos los días, toda la vida.


Gemma Minguilllón

domingo, 24 de abril de 2016

La importancia de una trilogía


Es el eterno tópico: "Persigue tu sueño". Da hasta grima decirlo, de tantas veces como lo hemos escuchado en boca de tantas personas, pocas de las cuales nos merecen respeto. Pero la cuestión es que, de alguna manera, funciona; no me preguntes cómo, yo no creo en la física cuántica ni en las energías del universo, ni en toda esa movida tan hipster y tan de moda. Creo en el esfuerzo, en el efecto mariposa; en que no hay acto sin consecuencia, sea cual sea dicha consecuencia. Si no haces nada, nada se mueve. Si tú te mueves, lo demás también lo hace, por pura ley física. Me moví por consejo de otros y la espiral se puso en marcha. Y ahí sigue, girando y girando; no sé hacia dónde, ni cuánto tiempo lo hará, ni con qué fuerza. Pero la sigo impulsando y seguiré en ello, porque ahora hay ya muchas personas que conocen a Roger Montpuig, y a Ventura Vila, y a Octavio Hidalgo. Y también al inefable detective Baldo Sanmartín, y a saber cuántos más saldrán de estas mismas teclas. Los compartiré todos con vosotros, porque da gusto, porque me gusta escuchar sus nombres de vuestras bocas. Porque oyéndoos a vosotros hablar de ellos siento que estoy un poco menos loca. Porque este sueño me ha llevado ya hasta la más entrañable feria de libros del mundo. Y, entre nosotros, eso engancha. Gracias de nuevo.


Gemma Minguillón

jueves, 7 de abril de 2016

La historia del Hombre Corriente y la Capa de Invisibilidad

No era como un vulgar trapo arrojado al suelo de cualquier modo, aunque tuviera justo ese aspecto; en absoluto. Desde que el Hombre Corriente lo había visto, no había podido apartar la mirada de él ni pensar en otra cosa. Digamos que, por ser un hombre como todos, como tantos, el Hombre Corriente dirigía su atención hacia cualquier cosa que saliera de lo que él considerase normal, o digamos acostumbrado. Y aquello no lo era, no, en absoluto. A pesar de todo, él no era un hombre demasiado curioso, ni mucho ni poco; lo corriente. Así que, sin saber exactamente si aquello le apetecía o no, el Hombre Corriente se acercó al amasijo de tela que formaba una pequeña montaña en un lado de la acera. Y, al acercarse, constató que aquél tejido no tenía nada de lo que podría llamarse común. De algún modo, era como si estuviese ahí y, a la vez, no estuviese. "Como el gato de Schrödinger", pensó. "Vivo y muerto a la vez". Pero, como era un hombre muy corriente, no quiso pasar más rato pensando en los misterios de la física cuántica. De hecho, se preguntaba por qué no regresaba a casa, se tomaba un refresco mirando una serie televisiva y olvidaba el día de trabajo, como hacía todos los días. Pero, caramba, aquél harapo no le dejaba moverse, ni avanzar ni retroceder. Y, finalmente, el Hombre Corriente se decidió. Se agachó al lado del extraño hallazgo y lo tocó. Y en ese momento, sus ojos se abrieron con desmesura, igual que su boca, y detuvo su respiración. Al quedar parcialmente bajo el manto, la mano del Hombre Corriente había desaparecido. Atónito, sin poder pensar, sacó la mano de debajo de la tela tan solo para comprobar si seguía ahí. Aliviado, constató que, efectivamente, su mano seguía en el extremo de su brazo, mientras una realidad nueva, diferente y excitante se abría ante él: había dado con una capa de invisibilidad. El Hombre Corriente no solía fascinarse, pero Dios sabía que ahora lo estaba. Un cúmulo de imágenes acudieron a su mente: entrar al despacho de su jefe y hacerle un corte de mangas sin que este pudiese verlo; entrar en casa de la vecina antes de que ella cerrase la puerta y poder observar cómo se cambiaba de ropa con total impunidad; colarse en el cine sin pagar el ticket... Como era un hombre tan, tan corriente, sus ideas no iban más allá de aquellos inocentes y absurdos objetivos. De manera que tomó la capa del suelo y se cubrió con ella. Con la respiración entrecortada, se acercó a la óptica de la esquina para observar en el espejo su imagen: nada. Veía reflejadas a las personas que pasaban junto a él, al perro que se detuvo a orinar al pie de un árbol. Pero ni rastro de sí mismo. Y así, el Hombre Corriente empezó a caminar no ya en dirección a su casa, si no por cualquier calle de cualquier barrio. Ahora ningún vecino le vería llegar o no a su pequeño apartamento, nadie se preguntaría qué hacía ahí, tan lejos de su calle y de todo lo que conocía. Ahora no necesitaba mostrar la cara de siempre a las personas de siempre. Ahora, el Hombre Corriente era invisible. De manera que era inmune, impune. Nadie le juzgaría, nadie lo cuestionaría. Podía hacer lo que quisiera, fuera lo que fuera. No dependía de la aprobación o la crítica de otros. Era invisible. Era libre.
      Caminó por cientos de calles, cruzó los semáforos cuando no venían coches, y no cuando estaban en verde. Entró y salió de las tiendas, observó de cerca los ojos de las chicas guapas, acarició con cuidado su pelo, sin que llegasen a percibir el suave contacto. Cruzó una calle poco transitada caminando con las manos, giró y giró sobre sí mismo en una plaza para sentir el placer de marearse y dejarse caer después al suelo, mientras la cabeza daba vueltas y más vueltas. Acarició perros que, aunque sin verle, le miraban justo a los ojos. Sonrió a los niños y a las ancianas, corrió en algunas ocasiones, ralentizó su paso en otras. Y, finalmente, regresó a casa exhausto, cansado, rendido. Feliz como un niño. Se paró ante el espejo y no pudo ver su reflejo en él, y entonces permitió que la capa se deslizara hasta el suelo, a sus pies. Y no reconoció al hombre que vio ante sí. Aquél no era el Hombre Corriente, si no el Hombre Feliz, el Hombre Especial. El Hombre que Sonríe. Con cuidado, tomó la capa del suelo, la puso sobre el respaldo de la silla y se tumbó en su pequeña cama, sin dejar de mirarla, sin dejar de pensar dónde iría mañana.

Gemma Minguillón

jueves, 31 de marzo de 2016

El cascarón

Te tomaste la molestia de mirarte al espejo una y otra vez sin ver nada y maldiciendo los reflejos que, impío, te devolvía. No te gustaba lo que tus hermosos ojos veían en ese emisario de madrastras y le preguntabas una y otra vez "espejito, ¿por qué no me muestras algo que me guste ver?". Y tuviste que transformar lo que veías, lo que él te mostraba cada vez que tú, con una nueva esperanza, te asomabas a su ventana. Cambió. Se convirtió en algo que te gustaba ver y mostrar. Y sólo entonces te diste cuenta de que daba igual. Nunca imaginaste siquiera que era en tu alma, en las palabras de tu boca y en la generosidad absoluta de tu corazón donde radicaba tu belleza, tu verdadera belleza, esa de la que todos hablan y tan pocos conocen. Esa que no se marchita con los años, que no cuesta dinero. Esa que no cambia si no para bien, para mejor, para hacerse más rica y más sabia y más honorable. Esa que da a cualquier rostro, a cualquier gesto, aquél toque exacto, justo, necesario para que las verdaderas miradas, las legítimas, se prenden de él. Las que buscan esa otra, esa rara belleza que crece con el sufrimiento, con la experiencia, con la vida, con la adversidad. Esa que nunca muere, esa que obviaba el gran Pitágoras al buscar no a la más bella, si no a la mejor de las mujeres. Y con ambas bellezas, la lograda y la adquirida, llegaste a nosotros y nos llenaste de alegría, por tu alma blanca, tu espíritu inquieto, tu amor a la vida. Y rogué porque siempre la sigas amando, y te sigas amando, y  aprendas a mirarte a ese espejo de tu adolescencia y, cerrando los ojos, ames lo que veas. 

Gemma Minguillón

martes, 29 de marzo de 2016

La desgarradora historia de amor del pequeño ángel

Se había caído una vez más (¡qué torpe!) y sólo podía sentir el olor del musgo que taponaba su nariz. Se quedó así unos segundos, hasta llegar a darse cuenta de que no podía respirar y, seguramente, iba a morir ahogado si no lo hacía pronto. De manera que levantó la cara del suelo y sopló fuerte, hasta conseguir que sus pulmones volvieran a llenarse de oxígeno. Olvidando al instante el incidente, se sentó y miró a su alrededor: un bosque espeso y umbrío le rodeaba, aunque él recordaba que el sol lucía alto en el cielo hacía pocos minutos; las sombras, la oscuridad, eran tan solo fruto del espeso follaje que se cernía sobre él. Miró en todas direcciones. No sentía miedo; no era la primera vez que se veía en una situación de aprieto. Puede que fuera un pillo, un pequeño lío con alas, pero jamás fue un cobarde, de manera que se puso de pie y comenzó a caminar despacio por lo único parecido a un sendero que encontró. Sus sentidos le engañaban a veces, pero sabía bien que podía confiar a ciegas en su oído. De modo que lo aguzó, para  conocer mejor el lugar que le rodeaba. Y así, a su izquierda, en lo alto de un gran pino, pudo escuchar el roer de los pequeños dientes de una ardilla que se afanaba sobre una piña; a su derecha, un pájaro carpintero picaba con insistencia la dura corteza de un roble para hacer de él su hogar. Sonrió; nada de todo aquello le era ajeno. Nada, salvo el cántico suave que, de pronto, comenzó a escuchar ante sí. Siguió el sendero sin hacer el menor ruido con sus pequeños pies livianos y la vio. Una mujer brillante, dorada, colorida, con su larga y hermosa cabellera mojada, sumergida hasta las rodillas en un remanso del río, llenaba de agua las palmas de sus manos y la vertía después sobre su piel, una y otra vez, como en un ritual sagrado. Su voz, apenas perceptible para otros que tan sólo pueden oír las cosas menos esenciales, llegaba como un hilo de agua y oro hasta los oídos del pequeño ángel. La voz, el agua, los cabellos. La piel brillante, suave. Los rayos de sol que se filtraban entre la maleza del bosque para ir a dar, todos juntos, sobre la inenarrable figura de la diosa. Y el ángel no supo qué hacer con todo aquello, de manera que no hizo nada. Se sentó sobre una roca, sin saber si ella le veía o no, y la miró, y la escuchó. Todos sus sentidos se llenaron de ella, de su canto, de su risa, de su presencia. Y no importaba, pensó, si la diosa le veía ahí pasmado, si se asustaba o se burlaba de él. Lo importante, lo capital, era que no desapareciera. Que su luz le siguiera bañando, que su melodía siguiera cantando en sus oídos, que su presencia no se desvaneciera. De modo que se quedó ahí, sin hacer ruido, sin apenas respirar, sabiendo que, si lo hacía, se rompería el ensalmo y el bosque volvería a ser un bosque oscuro, aterrador, con los mismos árboles y los mismos seres que siempre lo habían habitado. Siguió, pues, aguantando la respiración, mirándola sin apenas pestañear, tratando de ser invisible a sus ojos.Y así la tuvo tanto como pudo tenerla.


Gemma Minguillón

jueves, 24 de marzo de 2016

La mirada y la piel














      Encontró entre la sonrisa juvenil y los contoneos del andar, sutiles 
diferencias que le hicieron ver que, también en su caso, el devenir, el 
propio tránsito del transcurrir de la existencia, se hacía ante sus ojos, 
puro polvo de arenisca de roca desgastada, -la erosión no es sino el 
síntoma de la existencia ya transcurrida-, tal vez el final, tal vez nada. 

       En aquel momento se escurrió entre sus meninges la idea que tal vez en 
una media docena de veces entrevió entre brumas etílico-cannabicas y que 
jamás consideró posible, aunque fuese solo a partir de sus propios 
prejuicios, por motivos de no se sabe bien que represión interna. 

       ¡Súbito el encuentro!, ella resultaba un Ser firme soportando el peso 
del saco de pienso para gatos, que sinó propio de un andrógino Goliath si 
que resultaba afín a un ser élfico establecido entre las raíces de un 
roble bicentenario en busca de nutrientes para él y sus queridos. 

       Un saludo, el beso ritual, el como estás, l'anar fent, -mi guitarra a 
cuestas en busca de la música, o del simple vacío que me proporciona el no 
pensar, el solo fluir, como la música misma comunica siendo sin ser-, la 
inevitable levedad que lleva a renunciar a la imprevisible posibilidad de 
manifestar simplemente AMOR, por favor, discúlpenme este pensamiento tan 
barroco que de algún sitio habrá salido, semejante concatenación de 
palabros y actitudes solo puede llevar a la conclusión de que soy estúpido, 
gilipollas vamos..., o enamorado de su viento cuando en un descuido se 
recompone la bufanda como descomponiendo los hilos que un día tejieron la 
realidad percibida, y la tarde se me hace lágrimas, el sudor hielo y el 
pensamiento consciente de las infinitas posibilidades que permitimos 
discurrir entre los dedos del instante. 

       La piel, su piel, galaxia y molécula, lugar donde se conjugan los verbos 
y las miradas respecto de lo expuesto y lo intuido, no hacía más que 
provocar, mediante un sutil mensaje compuesto de feromonas y quien sabe si 
de una sutil concatenación de los astros para aquel preciso segundo, su 
aura me subyugaba, aquel olor a Luna... 

       Aquellos ojos, tan repletos de fatiga como de existencia, iban 
reflejando la luz desde lo oscuro de su iris, tal vez alumbrando el 
siguiente paso, quien sabe si para evitar el siguiente percance o, 
tranquilamente, vadeando el río del fluir existencial con todo lo que 
traiga su caudal para esta vez.


Beni Asensio

martes, 22 de marzo de 2016

Memento mori

Nuestra cultura (esta de aquí, a este lado del Atlántico) insiste desde hace ya mucho en obviar la muerte. Los niños no asisten a los funerales (pobrecitos), se les oculta en lo posible el fallecimiento de los abuelos o seres más o menos cercanos, incluso de sus mascotas. Los cuentos de hadas han sido tergiversados para que no les afecten (no se vayan a traumatizar), y así, Cenicienta no es torturada por sus hermanastras, Caperucita no es devorada por el lobo, La Bella Durmiente no es forzada por el príncipe, y un largo etcétera. Incluso, recientemente, Sant Jordi no mata ya al dragón: le riñe para que no fastidie más a los del pueblo, hombre ya, y le insta a abandonar el lugar con el rabo entre las patas. Y lo peor del caso es que no nos limitamos a los niños, no; lo que les hacemos a ellos es tan solo un reflejo de lo que hacemos con nosotros mismos. También tratamos de obviar en lo posible todo lo referente a la muerte, que hemos convertido en algo aséptico, algo que hay que olvidar cuanto antes. ¿Es sana tal conducta? ¿Es saludable olvidar que estamos vivos y que, por tanto, algún día dejaremos de estarlo? La muerte es, genéricamente, el sentido de la vida. El acicate que nos hace levantarnos de la cama y saborear el café, cerrar los ojos para oler una flor y que nada perturbe esa percepción preciosa; perder la vista hacia el mar o sonreír mientras sentimos cómo la piel se va erizando bajo una caricia. La muerte forma parte de la vida, pero lo hemos olvidado y vivimos como si nunca fuera a terminarse. Aislamos a los niños de esa realidad, nos aislamos de ella nosotros mismos. Recordemos nuestra naturaleza animal; no tenemos otra. A lo mejor, así saborearemos mejor la vida. Como decía el gran Alejandro, "el sueño y el sexo me recuerdan que soy mortal".


Gemma Minguillón

sábado, 19 de marzo de 2016

En Jaume de Can Molina

El meu pare ens ha deixat després d’una llarga hora d’angoixa i patir molt. Mig Bigues el coneixia pel “Molina”. Ja era gran i havia deixat de lluitar... Se li veia, però sempre ve de nou. La seva vida fins fa uns anys va ser plena i bona. El vam estimar i vam fer sempre el que vàrem poder.
Va ser un bon home, un bon pare, un bon avi i un bon espòs. Amic dels seus amics, d’un caràcter una mica sec, però qui el coneixia sabia que era una bona persona.
Des d’aquí vull donar les gràcies a tota la família, amics i coneguts que varen venir a donar-li l’últim comiat:  tant al tanatori, com el petit comiat al mateix lloc. Descansa en pau, Jaume!

Pel pare
Recordo que ens va estimar,
Recordo que vàrem ser feliços,
Que no teníem moltes coses.
Que la germana i jo
Jugàvem entre joguines velles
-Moltes vegades-
Recordo, quan anava a caçar
I jo no volia que marxés,
Que matés animalets
Tant com li agradaven.
Ho va deixar.
Era un home de bosc;
Sabia molts noms d’ocells,
I on hi havia bolets.
Per nadal... On hi havia més molsa
O el millor ginebró per guarnir.
Recordo que em va ensenyar moltes coses,
Que no l’oblidarem
Ni deixarem d’estimar-lo mai,
                                                   Pare, mai !

Laura Sarrà

lunes, 7 de marzo de 2016

Nasdy&Pure Nigga

Un buen rap para esta tarde.


Nasdy&Pure Nigga

lunes, 29 de febrero de 2016

Mentes Criminulas

Ser delincuente no es tan fácil como parece. Ni mucho menos. Para ser un buen criminal hay que ser despierto, ágil y, sobre todo, tener unos mínimos de inteligencia. De no ser así, se convierte uno en un ser nulo para el crimen, con las fatídicas consecuencias que eso conlleva. Tal sería el caso de Rubén Zarate, que se metió a atracar una tienda y le dijeron que no podían abrirle la caja fuerte, puesto que la llave la tenía el encargado. Y Rubén, que no quería darse por vencido tan fácilmente, les dijo a los empleados que no había problema. "Este es mi número de móvil", les dijo, apuntando su número en un papel. "Cuando venga el encargado, me llaman y vendré a atracar". Y sí, le llamaron, pero como es lógico la policía le esperaba en la tienda y fue detenido.
      Corría el año 2010 cuando Albert Bailey no quiso molestarse siquiera en ir al banco para atracarlo; chico precavido, llamó por teléfono a la sucursal: "Voy a venir a atracarles. Denme cien mil dólares. Llegaré en un rato". En lugar de ir él mismo, envió a su cómplice (un menor) con una nota en la rezaba: "Somos los que hemos llamado para avisar del atraco; den el dinero a mi cómplice, por favor". Parece que a Bailey tampoco le salió bien su intento de atraco; a saber qué pudo fallar.
      Y en el colmo de la mala suerte, Darren Clipton decidió entrar a robar en una casa, y cuál no sería su sorpresa al descubrir que había dentro una batida policial destinada a tomar pistas del atraco que dicha residencia acababa de sufrir pocas horas antes. El pobre Darren se quedó compuesto y sin robo, y el dueño de la casa se hizo un seguro de alarmas como un camión.
      Como vemos, atracar es más difícil de lo que parece... ¿o no? En cualquier caso, mejor no arriesgarse demasiado.

Gemma Minguillón